Cara de payaso

 ¡Cara de payaso! ¡Cara de payaso! Le gritó uno de los  niños que jugaban cerca del gran roble, cuando  vio que Emilio asomaba su carita detrás del grueso tronco del árbol.

 Ja, ja, ja. Rieron a coro todos los demás.

Y es que el pequeño Emilio tenía unos ojos grandes y saltones; su nariz era una bola, sólo le faltaba ser tan roja como las manzanas; y en su cara asomaba una sonrisa que parecía pintada. Además usaba un pantalón raído, de esos que luego les decimos de brincacharcos,  amarrado por un pedazo de lazo; su camisa estaba tan llena de flores que parecía un jardín  y remataba su atuendo unos zapatotes, que con seguridad no eran de su número.

Así era Emilio, un indio, diría mi mamá, que no tolera que se le acerque uno, y cuando quiere ofender, luego anda diciendo “pareces indio”;   un indígena, diría mi maestra; bajito y moreno, con los pelos tirando al cielo, incapaces de mantenerse en un peinado. Y soltaba la risa a la primera provocación. Se veía que era un chico feliz.

Había llegado con su familia de la Sierra Mixteca, en Oaxaca,  apenas hace unos días, acompañando a su papá que había sido contratado para trabajar en la construcción de un asilo de ancianos en Xochimilco. Dice mi papá que a ellos los contratan para hacer ese trabajo pesado, porque trabajan bien y cobran poco. Yo no entiendo de eso.

Llegaron a nuestro barrio, que de por si ya está lleno de gente que viene de todos los rumbos de México. Dice mi mamá que la zona donde vivimos está atiborrada  de vecindades, con gente pobre. Yo creo que por eso ya se quiere cambiar de casa.  Porque piensa que los pobres son malvivientes, que están así porque son flojos y no trabajan, que no son gente y que nosotros, los hijos de la gente buena tenemos que vivir apartados de los hijos de la gente mala, porque luego se nos pegan sus malas costumbres, sus malas palabras y hasta sus malos piojos.

Cuando los niños le gritaron “¡Cara de payaso!”, yo pensé que Emilio se iba a enojar y nos iba a agarrar a pedradas, porque piedras abundan en el parque del roble; o que se iba echar a correr, o por lo menos que se iba a espantar. Pero no. Ahí lo tienen risa y risa. Cuanto más le gritaban más se reía y de verdad parecía que lo gozaba.

Fue entonces que me le fui acercando. Agarré la pelota con que andaba jugando y así, como disimulado, la aventé con el pie hasta donde estaba aquel niño. Y ya cerquita de él, que le suelto un “¡Cara de payaso!”, primero con cierta timidez y miedo, y luego como si estuviera diciendo una letanía: “¡Cara de payaso, cara de payaso, cara de payaso!” Cuando lo dije por última vez, corrí a todo lo que daban mis piernas para alejarme de él, hasta olvidé la pelota a sus pies.  Llegué al otro lado por donde están los columpios, con el corazón corriendo más rápido que mis piernas, como si la competencia fuera con él. Volteé para verlo: seguía ahí, sin siquiera agüitarse. No se movió ni un centímetro, permanecía a un lado del roble, con su cara llena de alegría, los ojos llenos de luz y la risa que no le paraba.

Se me hizo raro que no dejara de reír. Por eso me fui acercando, otra vez, poco a poco, como quien no quiere, después de todo mi pelota estaba ahí.  Los otros niños seguían gritando “¡Cara de payaso, cara de payaso”! pero al ver que Emilio, Cara de payaso, no les hacía caso por estarme viendo a mí, dejaron de molestarlo y continuaron con sus juegos.

Mis pequeños pasos me fueron acercando al roble.  Cara de payaso me veía encantado. Lo supe por el brillo de sus ojos, porque, vuelvo a decir, su sonrisa me parecía que estaba pintada en su rostro y ya no sabía yo si era verdadera.  Sin más ni más le dije

 Hola, Cara de payaso.

­ Hola. Me respondió con su sonrisa pintada, enseñando todos sus dientes.

Cuando lo vi más de cerca, me di cuenta de que sí parecía un payaso pequeñito, pero este no tenía maquillaje, la cara le ayudaba en todo. Noté que tenía mi misma edad, 10 años, o al menos, eso parecía. Sus enormes ojos negros no dejaban de mirarme y en ellos había algo que no supe como llamarlo en ese instante, pero después supe que era una invitación a ser amigo.

Los otros niños se dieron cuenta de que me había acercado al niño extraño y que estaba platicando con él. Se echaron a reír y volvieron a la burla:

 Está platicando con el payaso. Dijo uno.

 También quiere ser un payasito. Continuó otro.

 Vengan a hacernos reír con sus payasadas. Dijo un tercero. Y todos los demás empezaron a reír tanto que se tiraron al suelo agarrándose la barriga.

A Emilio no parecía importarle que los otros siguieran molestándolo, él seguía entretenido conmigo. Y en eso me dijo:

 Tus pelos parecen de elote tierno.

 ¿Qué dices? Le respondí mientras me alaciaba el cabello con la mano izquierda.

 Que tus pelos son como los que tiene  los elotitos tiernos; Y tienes pecas…

 Pues tú tienes la cara de payaso. Y me reí a ver si así perdía él su risa y de paso le mostraba que yo era más listo que él.

Pero no. Al contrario, parecía como si le hubiera dado cuerda, y rió con muchas más ganas. A mí, la verdad, me contagió su alegría, y no tuve más remedio que acompañarlo en aquél concurso de ver quien mostraba más los dientes y quien era más ruidoso a la hora de reír. Reímos tanto que también a nosotros nos empezó a doler la barriga, pero me gustaba y no podía parar.

Cuando agarré un poquito de aire, le iba a preguntar que cómo se llama, pero justo en ese momento oí la terrible voz de sargento de mi madre. La sonrisa se me escapó y  no sé por donde se fue. Las piernas me temblaban, porque siempre que mi mamá me dice “¡Jorge Alberto!”, es porque está realmente enojada. Pero ahora mi nombre sonó con un tono más enérgico que hasta lo desconocí.

 ¡Jorge Alberto! ¡Te he dicho muchas veces que no te juntes con gente que no conoces! ¡Vamos a la casa!

 ¡Pero mamá…! Quise decirle que me dejara estar con Cara de payaso, que era un niño diferente, que era bueno, y que eso se le podía ver en los ojos. Pero no me dejó decir nada.

 ¡He dicho que a la casa! Y empezó a caminar, segura de que yo iría detrás de ella.

Y no se equivocó. No tuve más remedio que arrastrar mis pies para obedecer la orden de mi sargento, perdón, de mi mamá. Sabía que llegando a la casa me iba a dar el sermón de mi vida, pero yo no tenía miedo porque en mi corazón, el depósito de las risas estaba lleno. Así fue la primera vez que vi a Cara de payaso.

Llegando a la casa tuve que aguantar el sermón sobre  la gente mala y la gente buena: los que se parecen a nosotros son la gente buena, la que nos son como nosotros, son malos. La tuve que escuchar en silencio, como buen niño obediente y regañado, pero por primera vez sentí que no toda la gente diferente es mala.

Como era de esperarse mi mamá me castigó, me prohibió salir de la casa por una semana. Yo salía de la escuela y tenía que llegar derechito a la casa. Los primeros días, ya estaba mi mamá a la puerta esperando que llegara. Por las tardes, después de hacer la tarea y los deberes que mi madre me ponía, tenía que pasar largos ratos frente a la tele, viendo caricaturas bobas porque ya no podía ir al parque a   divertirme con mis amigos.

Pero en cualquier descuido de mi madre, corría  a la ventana para ver si Cara de payaso andaba por ahí. La ventana de la sala tenía vista al parque. Es cierto que queda lejos, pero desde ahí podía ver a los niños corretear, subir y bajar por las resbaladillas, pasearse en los columpios o girar en el pequeño remolino. Veía pelotas rodando y rebotando,  y niños detrás de ellas; pero nada de Cara de payaso. A lo mejor también su mamá pensaba que yo era un niño malo, hijo de gente mala y que le podía pegar mis malas palabras, mis malas mañas y mis malos piojos.

Fue la tarde del quinto día, cuando más aburrido estaba, después de hacer los quebrados que me dejó la maestra de matemáticas, que un rayo de luz entró por la ventana de la sala donde yo me encontraba, tirado en la alfombra, tratando de encontrarle el chiste a la caricatura que estaba viendo, para que mi mamá se diera cuenta que ya era yo un chico normal. Y no era un rayo de sol. ¡Era Cara de payaso, parado frente a la ventana! Pude reconocer de inmediato esos enormes ojos, esa nariz hecha bola y la sonrisa que nunca se quitaba ni para dormir.

Primero me dio miedo de que mi mamá pudiera descubrirlo y lo corriera, pero después me dio mucho gusto verlo que hasta me puse a saltar de alegría. ¡Cara de payaso, cara de payaso! Empecé a gritar. Pero esta vez mis gritos no eran para asustar a Emilio –ya dije que así se llama-, tampoco eran para burlarme de él como lo hacían los otros niños. No. Era porque de verdad me daba gusto volver a verlo.

Corrí a la ventana y pegué mi cara al vidrio. Mi nariz se acható y los labios se me hicieron grandotes, como los de mi amigo Beto que es más boca que nada. A Cara de payaso le causó tanta gracia que se tiró en el pasto de nuestro pequeño jardín, y empezó a reír y a rodar por el pasto mientras reía. Yo quería salir a rodar con él y a mostrarle que yo también reía, aunque estuviera castigado. Pero me acordé que mi mamá siempre cierra la puerta con el seguro hasta llegada la hora en que me da permiso para salir al parque a jugar. Pero esta vez estaba castigado, no se me olvida,  y aún faltaban dos días para que me levante el castigo. Así que me retiré un poco de la ventana para llamar la atención de  Cara de payaso.

Él lo notó y se acercó.  A señas le dije que estaba castigado y que se tenía que ir del lugar porque si aparecía por ahí mi madre, hasta él iba a perder su cara de payaso. Bueno, no sé si todo eso me entendió él, pero al menos fue lo que quise decirle. Cara de payaso iluminó su rostro, levantó su mano en señal de despedida y se fue corriendo. Me dio la impresión de que, al irse retirando, dejaba detrás de si, un halo de luz.

El lunes, cuando regresé de la escuela, hice todo lo que me correspondía hacer: comí mi sopa, trabajé en mis tareas escolares, ayudé en casa.  Esperaba con ansia que el reloj de pared marcara las cinco de la tarde, hora en que oficialmente se levantaba mi castigo. Estaba desesperado porque, además de ver a Cara de payaso, iba a estrenar el papalote que mi tío me había llevado este domingo pasado. Era un papalote en forma de halcón, con los bordes con colores brillantes y una gran cola. La cuerda era fuerte y larga por lo que pensaba podía elevarlo hasta la luna.

Mis ojos estaban pegados al reloj: un segundo, dos segundos, tres segundos… ¡qué lento es el tiempo! Diez segundos, once segundos… Pensar que aún falta media hora. Me echaba en la alfombra y luego me levantaba; me subía al sofá y después brincaba; prendía la tele y pasaba rápidamente de un canal a otro, a ver si así engañaba al tiempo y se decidía a correr, quise prestarle mi patín para haber si así se iba de volada, pero nada: seguía lento, como mi abuelito cuando va por la calle. Haciendo y pensando eso estaba cuando mi mamá entró a la sala. Debió haberme visto como un pequeño cachorro de león enjaulado, que decidió abrir la puerta para que yo pudiera ir al parque.

 Anda, ve a jugar. Me dijo en tono de compasión. ¡Qué generosa se vio mi madre! Yo salí corriendo con el papalote en la mano, dispuesto a mostrárselo a Emilio.

Al llegar al parque del roble, comencé a correr para probar mi nuevo juguete. No soy muy bueno para volar papalotes, lo confieso, pero sé que el viento hace lo suyo y ayuda a los niños que tenemos el deseo de volar, y como no podemos, tenemos que valernos de estos papalotes: ellos vuelan por nosotros. Eso lo sabe el viento por eso nos da una ayudadita.

En el parque del roble ya se encontraban los otros niños y niñas de mi pandilla. Todos con papalotes. No sé que habrá pasado ese domingo, pero parece que los tíos tuvieron un ataque de generosidad o se pusieron todos de acuerdo, o hubo una barata de papalotes, no sé,  pero a todos los de la pandilla nos llevaron uno: en forma de águila, de mantarraya, de dinosaurio volador, de nube, de sol, ¡de todas las figuras imaginables!

Orgulloso de mi halcón, que la verdad parecía el más bonito y dejaba a todos con la boca abierta, empecé a probarlo. Primero solté un poco de cuerda para que no se me fuera a enredar y mucho menos se me fuera a pique antes de empezar a volar y quedara ante mis amigos como un papalote fracasado. Poco a poco fui aumentando la velocidad de mi carrera y dejando más hilo suelto para que mi halcón fuera ganando altura. Sentí como el viento le dio un ligero tirón y elevó de pronto mi papalote. Emocionado, pensé que Cara de payaso debería estar ya por ahí y estaría tan admirado como yo de aquel hermoso papalote que desafiaba las alturas y podía llegar hasta las nubes.

Eso estaba pensando cuando no me di cuenta que frente a mí estaba el gran roble. Por poco choco contra su tronco; lo bueno es que soy muy ágil, así somos los niños, y me pude detener a tiempo. El que sí estaba más distraído fue mi halcón, que no se dio cuenta que estaba a punto de enredarse en las ramas del árbol y no usó sus alas para sacarle vuelta. Y pasó lo que tenía que pasar: mi pobre papalote se estrelló con todo y su pico, con todo y su gran cola, contra el árbol. El golpe fue tan fuerte que el cordel con el que lo manejaba se rompió y vino a caer a mis pies.

Yo creo que ese día el viento perdió la memoria o se puso rebelde, y dejó a un lado su tarea de ayudar a los niños a volar, digo, a volar los papalotes como si los niños fueran los que vuelan. Y lo digo porque, uno a uno, los papalotes de mis amigos fueron estrellándose en las altas ramas del roble del parque. A unos se les soltaron de las manos, otros sintieron como si el roble los llamara, el caso es todos nuestros  juguetes voladores estaban ahí, atorados. Todos lo vimos y no lo podíamos creer: un enredijo de hilos y colas de colores estaban allá arriba. Y nosotros acá abajo, con la boca abierta,  no sabíamos que hacer.

Mirábamos el roble. La respiración se nos iba nomás de ver lo grande que era. Además tenía un tronco muy liso, por lo que sería difícil tratar de trepar por él. Y luego para acabarla de amolar, ninguno de nosotros había trepado a un árbol en su vida, menos uno de ese tamaño. Así que todos estábamos tristes y desilusionados. Pero no podíamos perder nuestros papalotes nuevos así como así. Algo teníamos que hacer.

Las niñas dijeron que los niños deberíamos subir, que para eso éramos niños. Nosotros les dijimos que ya había igualdad entre hombres y mujeres, pero parece que el truco no funcionó, porque ellas siguieron empecinadas en que nosotros, los niños, deberíamos subir y desatorar los papalotes. Hubo hasta quien prometió un beso al niño valiente que se atreviera a subir y bajar su papalote en forma de linda mariposa. Nadie quiso ser el elegido y la discusión continuó con más ganas. Que si tú por ser el más grande, que mejor tú por ser el más flaco, tú porque dices que eres el más listo, tú porque admiras al hombre araña; y cosas así.

Para dar solución a nuestro problema, decidimos ponernos de acuerdo. Uno dijo:

 Vayamos a conseguir una cuerda. Pero la mayoría no quiso porque las ramas donde estaban atoradas estaban muy altas y, probablemente, no habría una cuerda suficientemente larga como para llegar hasta allá. Además ¿quién será el niño con tanta fuerza para lanzar la cuerda hasta aquél lugar?

 Hablemos a los bomberos. Dijo una niña que siempre ha soñado con un príncipe azul, y lo mismo le da conseguir un bombero rojo, o uno amarillo. Pero el niño inteligente y más consciente del grupo dijo que no, porque ellos tienen cosas más importantes que hacer y no podemos distraerlos de su trabajo.

 Hagamos entonces una pirámide. Dijo el niño deportista.

A la mayoría nos pareció que era muy arriesgado, que podíamos caernos y rompernos una pata o un brazo o la cabeza. Y así, ideas iban e ideas venían, y parecía que nunca íbamos a ponernos de acuerdo.

Estábamos en ese alegato, cuando vimos que un niño ya estaba trepando el tronco del gran roble, a toda prisa; parecía una ardilla, no por el tamaño y lo peludo, sino por la rapidez con que iba subiendo.

 ¿Quién es?  Nos preguntamos todos. Nos contamos uno a uno y vimos que ninguno faltaba.

El pequeño estaba a punto de llegar a una gran rama, que desde acá abajo parecía muy fuerte y se encontraba muy cerca de donde estaban nuestros papalotes. El niño hizo un último esfuerzo, rodeó el tronco y apareció frente a nosotros montado en la rama gruesa.

 Es el niño con cara de payaso. Gritó uno. Y todos los demás coreamos:

 ¡Cara de payaso, cara de payaso!

Emilio, Cara de payaso, estaba feliz. Notó que en nuestros gritos ya no había aquella agresión y burla con que lo recibió la mayoría de la pandilla cuando se apareció por primera vez en nuestras vidas, recién desempacadito de Oaxaca.

 Mira si puedes destrabar nuestros papalotes. Le gritó una niña, con voz como la de las novias de los superhéroes de las películas, haciéndole competencia a la niña que espera a su príncipe azul, o bombero o lo que sea.

Y Cara de payaso dio un brinco y se paró sobre el tronco. Aunque era pequeño, sus cortos brazos alcanzaban  bien casi todos los papalotes atorados. Caminó con gracia y sin dificultad a lo largo de la rama, descolgando, uno a uno nuestros juguetes. Se ponía de puntitas, los tomaba con sus manos y los dejaba caer; el viento, tal vez apenado por lo que nos había hecho, los traía al suelo suavemente. Yo estaba admirado de todo lo que estaba haciendo Cara de payaso. Eso debió ser parte de sus juegos en la Sierra Mixteca: trepar y bajar, volver a subir y volver a bajar de uno y de muchos árboles.

El último papalote que descolgó fue el mío, porque se había atorado más arriba que el de los demás. Eso me decía que mi halcón estaba hecho para llegar más alto que cualquiera. Le costó más trabajo bajarlo, tuvo que trepar un poco más arriba, en una pequeña ramita saliente para poder dar con él. En su cara, con todo y la risa pintada, se notaba el esfuerzo que estaba haciendo. Unas gotas de sudor aparecieron en su frente. Nosotros lo alentábamos desde abajo:

 Tú puedes, Cara de payaso.

Y él iluminó sus ojos. En el último esfuerzo alcanzó mi papalote, lo tomó en sus manos y bajó a la rama gruesa. Lo miró con gusto y nos lo mostró. Todos nosotros le aplaudimos contentos, y él dejó caer mi halcón brillante. El viento lo trató bien: hizo que revoloteara en el espacio entre la rama y el suelo, hizo una serie de piruetas y llegó directo a mis manos.

Cara de payaso dio unos pasos hacia el tronco del roble, pero seguía mirando cómo descendía mi papalote. Tan distraído estaba en mi juguete que no se dio cuenta por donde iba y resbaló.

 ¡Cuidado! Alcancé a gritarle, pero era demasiado tarde. Sus manitas no alcanzaron a sujetarse de la rama donde había estado parado. Todos cerramos los ojos. No queríamos ver lo que estaba pasando. Las niñas gritaron y todo fue un caos.

No escuchamos nada, quiero decir, no escuchamos lo que nos temíamos.  Y poco a poco fuimos abriendo los ojos, el corazón nos saltaba como si se quisiera salir del cuerpo. De inmediato buscamos en el suelo: No estaba. Alzamos los ojos y vimos que Cara de payaso estaba atorado por la camisa, balanceándose,  de una rama menos gruesa que la otra, pero sin dejar de sonreír.

 ¡Hagamos la pirámide! Grité a los niños y niñas de la pandilla.

Y, como ya antes habíamos discutido lo suficiente, sin pensarlo más, uno a uno nos fuimos colocando en el mejor lugar donde pudiéramos servir. Los más gorditos se situaron a la base, los más espigados se pusieron de pie sobre las espaldas de los gorditos; las niñas se acomodaron a los lados para darle solidez a los que soportaban el peso. Poco a poco la pirámide fue logrando altura. Yo me coloqué hasta arriba, junto con otros dos niños, puestos de pie sobre los hombros de otros tantos. Así,  le servimos de apoyo a Cara de payaso, que descendió lentamente sobre nuestros hombros. Los de mero arriba lo tomamos con delicadeza y lo fuimos  bajando.

Cuando estuvo en tierra firme, empezamos a descender, de uno en uno, hasta desintegrar nuestra gran obra: la pirámide salvadora. En ese instante todos empezamos a brincar y a gritar:

- ¡Cara de payaso, Cara de payaso! Y subimos a Emilio en hombros para darle una vuelta por el parque.

Cara de payaso no dejaba de sonreír. Nadie podía dejar de hacerlo.

Ahora que recuerdo, desde ese día aprendimos, con toda la pandilla, el valor que tiene hacer las cosas juntos, sin hacer menos a nadie,  unidos por una sola meta: todo se lo debíamos a aquel niño moreno, bajito y con cara de payaso.

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