Sobrevir en Querétaro siendo indígena

María Jaime nació indígena otomí en Santiago Mexquititlán, municipio de Amealco, Querétaro. Desde niña ha venido, casi cada semana, a la capital queretana a vender servilletas y otras mantas bordadas por ella misma; primero acompañaba a su mamá, quien le enseñó a elaborar los productos que ofrece en la vía pública; ahora, con 35 años, casada y con cinco hijos,  sigue desplazándose de su comunidad a Santiago de Querétaro, tal como lo hacen una buena de cantidad de sus vecinos, para “buscar la vida”, ante la falta de un empleo en su lugar de origen que le asegure el sustento de su familia.

Apostada cerca del Templo de San Francisco, en pleno centro histórico, la indígena nos platica, sin dejar de bordar, que muchos de los transeúntes, la mayoría turistas, se acercan para tomarle una foto y sólo en ocasiones compran alguno de los bordados que ofrece en treinta pesos. — “Cuando bien me va vendo cuatro o cinco”, dice con aire de resignación en su  deficiente español, pero “hay veces que ni se vende nada”; por eso, últimamente, junto con las servilletas, vende dulces y frituras.

Su marido también ha dejado el pueblo, pero él se ha ido a Estados Unidos, después de haber “hecho la lucha” como albañil en Querétaro y en la Ciudad de México. —“Pero hace dos años que no sé nada de él”, expresa dirigiendo su mirada al suelo. —“Por eso es que vengo acá, para darle de comer a mis hijos”, y señala a los dos más pequeños, de tres y cuatro años, que la acompañan en el tenderete. Por lo general come una vez al día, —“Pero los chiquillos no aguantan”, dice, por eso los manda a los puestos cercanos, o a las calles aledañas para que pidan “pa’ un taco”. —“Casi siempre les va bien”, asegura. En ocasiones se va al mercado Escobedo o al de La Cruz. —“Si tengo algo de lo que vendí compro unas tortillas, si no, pues, tengo que pedir”.

Como muchos de sus paisanos viene por temporadas a la ciudad. Ordinariamente pasa una semana aquí mientras logra vender algo de su mercancía; al término de ese tiempo regresa a su barrio en Mexquititlán, “para ver mis gallinas y mis plantas”.

La noche la pasa en un albergue cercano a la Alameda Hidalgo, donde paga quince pesos por un rincón y una colchoneta; —“Otras veces, cuando no vendo nada, me voy al albergue municipal, pero son muy exigentes y hay mucha gente”. Reconoce que también ha tenido que dormir en la vía pública, cerca de la nueva Biblioteca “Gómez Morín”, o en los portales del centro. —“Antes nos quedábamos con mi mamá por el rumbo del templo de La Cruz, pero ahora hay muchos malvivientes por ahí, y a mis hijos y a mí nos da miedo”.

Pero el miedo mayor no es precisamente a los vagabundos de la ciudad, sino a los inspectores municipales, quienes constantemente la acosan, como a casi todos los vendedores ambulantes, y le prohíben colocarse en algún punto de las calles, andadores o plazas del centro de esta ciudad. —“Nomás vemos uno, y es como si se nos apareciera el diablo”, dice pintando una leve mueca que parece sonrisa, —“junto mis cosas y me voy corriendo para que no me las quiten. Ya luego que veo que no andan, me regreso y sigo vendiendo”.

Números, números

María es una de las muchas personas indígenas que constantemente están yendo y viniendo de la zona indígena del sur de Querétaro a la capital del estado.  Hay quienes señalan, como el caso de la presidencia municipal de Amealco, que cerca del 50% de la población indígena de ese municipio, se ve obligada a emigrar temporalmente a Santiago de Querétaro o a otras ciudades del mismo estado o fuera de él, para “salir de la mala racha”, vendiendo sus artesanías, como bordados, tejidos, muñecas y productos de alfarería, entre otros.

Según datos que ofrece la Secretaría de Desarrollo Social, la zona indígena de Amealco  —que comprende las comunidades de Santiago Mexquititlán, con más de 10 mil habitantes; San Ildefonso Tultepec, con 9 455; San Miguel Tlaxcaltepec, con 5 842; Chitejé de la Cruz, con 2 540 pobladores, y San José Itho, con 1 978— está considerada como de “alta” o “muy alta marginación”, es decir aquella población que sobrevive con menos de un salario mínimo al día.

De acuerdo con la delegado estatal de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), la región étnica sur de Querétaro se caracteriza por contar con una “fuerte dependencia del ingreso externo para subsistir”, pues las condiciones de pobreza y las escasas oportunidades de empleo han “estimulado la emigración, sobre todo la temporal, como sobrevivencia”, principal actividad en la economía de la zona, junto con “la agricultura de subsistencia”, que consiste en sembrar maíz, frijol, calabaza y chile para autoconsumo.

El notable rezago en infraestructura social parece perpetuarse; a decir de la CDI, en 2000, el 31.38 % de las viviendas indígenas no contaban con agua potable, cifra que disminuyó a 16.16 % en 2005; por su parte la carencia de energía eléctrica en casas habitación pasó de 25.27 % a 10.92 % en el periodo señalado. Para hacer frente a la situación de miseria y para arraigar a los vecinos sus comunidades, se han venido desarrollando proyectos productivos, patrocinados por algunas dependencias del gobierno federal y estatal; sin embargo no han sido suficientes. Así fue establecido en Amealco un corredor artesanal y una maquiladora que emplea a más de 2 mil personas, en su mayoría mujeres indígenas, pero no ha tenido el alcance necesario  para atender a los más de 22 mil pobladores de origen étnico que habitan en 37 de los 80 poblados de este municipio y que representan el 39 % de 58 921 habitantes de esta zona.

Querétaro, estado indígena

La población indígena de Querétaro está integrada por 23 363, según datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005, del Instituto Nacional de Geografía e Informática (INEGI); aunque la CDI maneja en sus estadísticas la presencia de 25 269, de los cuales, 22 077 son otomíes, que  conforman el 86 %, localizados principalmente en los municipios de Amealco y Tolimán, y en menor medida en Cadereyta, Ezequiel Montes, Colón y Peñamiller; el resto del porcentaje lo constituyen algunos núcleos de población pame o xi’ui, y huasteca o teenek, en los municipios de Jalpan y Arroyo Seco, en la sierra Gorda de la entidad.

Querétaro se ubica como la tercera entidad con mayor número de hablantes de lengua otomí en el país, cuya población vive en condiciones de pobreza extrema, producto de las “condiciones de exclusión y desventaja en que se desenvuelve”.

Como papel volando…

Aunque se diga románticamente que la migración de Santiago Mexquititlán a la ciudad de Querétaro es una “tradición familiar”, lo cierto es que en el fondo existe una intrincada serie de factores, entre los cuales destaca la pauperización del campo, la constante alza en el precio de los insumos necesarios para sostener una “producción competitiva” y los bajos precios de garantía a la hora de comercializar las cosechas; además del cambio en la tenencia de la tierra al ser modificado el artículo 27 constitucional que ha excusado a los otomíes a vender su tierra por la pobreza en la que viven, y a gastar el poco dinero que obtienen por la venta, quedando totalmente desamparados y sin un lugar para vivir.

Por lo demás, la población indígena de Amealco, como ha sucedido con la de otros lares en el país, no pudo sustraerse a la dinámica que se sucedió en la segunda mitad del siglo XX, que se caracterizó por el surgimiento de un país preponderantemente urbano e industrial —al que se le dio el elegante nombre de “milagro mexicano”— que prometía, ¡por fin!, extender a todos los sustratos de la población las bondades y beneficios de la revolución institucionalizada. Sin embargo, la mayor parte de la población rural, incluyendo la indígena, permaneció en las ancestrales condiciones de miseria considerable, obligada a sobrevivir con lo que les redundaba la economía pequeño-campesina en combinación con el trabajo asalariado, o con el comercio ambulante y la mendicidad en las zonas urbanas; obligados a migrar constantemente, por prolongados periodos, a las grandes urbes del país, con sus grandes y novedosas industrias que se ofertaban como la panacea de todos los males económicos y como trampolín al anhelado desarrollo; amén de las zonas de agricultura capitalista del norte de México o a Estados Unidos.

Así, apostando todo a las nuevas oportunidades que se abrían prometedoramente, por que “no queda de otra”, muchas familias indígenas completas viajan a  la ciudad capital de Querétaro, para trabajar una temporada y después regresar a su comunidad para laborar en actividades agrícolas, con tal de no perder las tierras que aún quedan. Los hombres suelen emplearse como albañiles o chalanes, mientras que las mujeres comercian sus artesanías, y los niños venden dulces, chicles o periódicos, o piden dinero en las calles, o, a últimas fechas, se dedican a limpiar parabrisas en las principales arterias de la ciudad, donde, también, cada vez es más frecuente ver a ancianas mendigando una limosna de los automovilistas.

Aunque es difícil contabilizar la magnitud de la presencia indígena en Santiago de Querétaro, el Sistema Desarrollo Integral de la Familia (DIF) nacional, asegura que en la ciudad de Querétaro existen tres mil quinientos niños en situación de calle y menores que trabajan en mercados, centros comerciales, centrales de abasto y ambulantaje, de éstos, el  ochenta por ciento son infantes otomíes oriundos de Santiago Mexquititlán.

Con el estigma de la diferencia

“Si quieres un foto, págame”, me dijo Lucía en tono áspero mientras se cubría con los olanes de su blusa, y sin más me soltó una ristra de acusaciones: “Tú, siempre que voy a Querétaro me tratas mal; me ves con mi canasta de dulces y me la quitas y me avientas todo al suelo. Y cuando vienes pa’cá quieres que yo te trate bien”, sentenció. “No queremos foto porque luego viene la policía y nos lleva a la cárcel”, salió en defensa de la primera una de las mujeres que se encontraban vendiendo pulque y dulces a un costado de la iglesia de Santiago Mexquititlán.

Protegidas por un improvisado toldo hecho con retazos de costal, sentadas en el suelo, sin dejar de estar a la defensiva, relatan los malos tratos que constantemente reciben en la capital queretana, al llevar su mercancía a vender.

Cuando la central camionera se encontraba en donde hoy se ubica la Biblioteca “Gómez Morín”, los otomíes, después de una ardua jornada de trabajo, acostumbraban a pasar la noche en el frío suelo de las estrechas salas de espera o afuera del lugar, sin embargo, según testimonio de una de las mujeres, los trabajadores de la camionera los corrían echándoles agua, o le hablaban a la policía para que los desalojara. Así, no tenían más remedio que buscar algún parque público para descansar. “A veces eran las dos de la mañana y todavía andábamos buscando donde dormir, porque llegábamos a los portales del centro y también de ahí nos corrían”, recuerdan.

“La otra vez estaba agarrando sombra en la plaza [en jardín Zenea], no estaba vendiendo, todas mis cosas las traía amarradas, nomás traía la canasta de dulces en las manos, estaba en una banca y llegó un policía y me dijo que me fuera, pero yo le dije que no estaba vendiendo que no estaba haciendo nada, y me dijo que de todos modos me fuera, porque me veía muy mal ahí, que daba mal aspecto”, cuenta Lucía con indignación.

Ajenos en su propia tierra

Emigrar temporalmente de Santiago Mexquititlán a Santiago de Querétaro no es sino apenas el primer paso, el inicio, en esta intrincada dinámica de sobrevivencia. Para muchos indígenas presentes en esta cosmopolita ciudad, la vida en la misma no es fácil ya que constantemente son víctimas de la discriminación y la exclusión.

Para la gran cantidad de turistas que visitan esta ciudad de cepa colonial la presencia de los otomíes es un atractivo más, sin embargo para muchos pobladores de la capital queretana son un “vergonzoso rastro del pasado” y un lastre para el desarrollo; y de muchas maneras les hacen sentir el estigma.

Porque no sólo se trata del desprecio manifestado con palabras del que son objeto los que mendigan o los que ofrecen sus artesanías en la vía pública,  sino  también con las actitudes y hechos netamente abusivos contra los que se desempeñan en otros oficios como empleados, sirvientas, en la construcción o, incluso, los jóvenes de origen indígena que vienen a estudiar aquí. Muchos de los trabajadores de la construcción tienen que emplearse bajo condiciones por demás desventajosas, con horarios extenuantes y sin las debidas prestaciones sociales; en el mismo tenor se encuentran algunas de las mujeres que prestan sus servicios como trabajadoras domésticas.

En la lucha por la sobrevivencia han tenido que hacer renuncias que en principio no habían aquilatado. Es el testimonio de Tomás, un taxista amealcense con más de 15 años viviendo en la ciudad: “Constantemente, hemos sido hostigados y discriminados por el hecho de ser indígenas. Por eso, un tiempo, muchos de nosotros, decidimos no usar nuestra vestimenta tradicional ni hablar el otomí, porque los ciudadanos se burlaban de nosotros”; incluso la decisión fue más allá: después de haberse asentado en una colonia al norte de la ciudad, optaron por no enseñar su lengua a los hijos pequeños para “que ellos no sufrieran las mismas discriminaciones”; además dejaron de producir y vender sus artesanías y dedicarse a ofrecer frituras porque eso les redituaba una ganancia mejor.

En búsqueda de raíces y alas

La realidad de los otomíes en situación de diáspora o de transitoriedad en Santiago de Querétaro es vivo ejemplo de la tendencia globalizante de suprimir las diferencias culturales. La visión de un mundo homogéneo se ha tratado de imponer y, por tanto, la diversidad se percibe como una amenaza y un riesgo para la estabilidad, de ahí que se sigan emprendiendo, velada y disimuladamente o de manera abierta, infinitos esfuerzos por incorporarlos a la “modernidad” o “hacerlos invisibles”. Los medios de comunicación han creado o reforzado estereotipos negativos sobre los indígenas, dando como resultado la promoción del racismo y la discriminación. Este lamentable escenario comporta la pérdida de valores culturales, incluso el menoscabo de las mismas culturas, que son poseedoras de “una visión, una manera de conocer, interpretar y nombrar el mundo”, fruto de siglos de construcción, de reflexión, de intercambio, de experiencia, de vivencias.

Si bien en el discurso del Estado y de muchas instituciones se ponderan las culturas indígenas prehispánicas, tal como se hace en otros países, en la vida cotidiana  no sucede lo mismo con los indígenas contemporáneos. Baste ver cómo en el Artículo 2º de la nuestra Constitución Política, reformado en 2001, se define a México como una nación de composición pluricultural, que hunde sus raíces en los llamados pueblos originarios y sin embargo el concepto de pluralidad no ha hecho mella en el imaginario colectivo, en la conciencia social. Así, “lo indígena” es y seguirá siendo motivo de orgullo nacional, tema de murales y obras de arte, pero  los indígenas de carne, hueso y sufrimiento siguen siendo —ancestralmente lo han sido— motivo de desdén, producto de la incapacidad de valoración, porque el común de la gente considera que la diferencia cultural es motivo de pobreza y atraso. La marginación que sufren no es más que la triste confirmación del hecho.

Crónica publicada originalmente en El Observador en 2007

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4 pensamientos en “Sobrevir en Querétaro siendo indígena

  1. Es una pena, la discriminación entre mexicanos, el cambio es obligación de los que podemos hacer algo.
    Estas poblaciones son muy trabajadoras y posen un valor cultural muy importante.
    Marisa

  2. Yo! tambien soy otomi pero la foto pertenece a los de San Ilfeonso donde Yo! soy… y es cierto yo tambie fui de pequena con mi madre a queretaro a vender…es muy dura la vida pero si le echas ganas en todo lo que haces D ios en muy GRANDE… Animo!…Y no te creas por todos lado hay dicriminacion , pero cala mas el de tu propio raza.

  3. Es una pena como algo que es de orgullo nacional, se encuentre en malas condiciones; me refiero a la cultura indígena de este bello estado y sobre todo a las pesimas condiciones de vida que muchos de ellos llevan

  4. Negar el presente de un gran pasado, es morir en vida. Soy queretana y he aprendido el otomi por mi cuenta porque en mi sangre corre un pasado que ni quiero que muera

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