“…Porque fui forastero y me recibiste”

La noticia, por desgracia, no era nueva. Desde hace años, diversas organizaciones defensoras de derechos humanos habían venido denunciando el secuestro sistemático de migrantes –provenientes, en su mayoría, de Centroamérica–, en su paso por México. En octubre de 2009 la Pastoral de la Movilidad Humana del Episcopado Mexicano, junto con la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos insistió ante las autoridades mexicanas en la denuncia de estos delitos cometido por grupos del crimen organizado con la complicidad de autoridades, como producto de una política migratoria restrictiva y con escasa perspectiva de derechos humanos.

Recientemente la diócesis de Saltillo hablaba en su  Sexto informe sobre la situación de los derechos humanos de las personas migrantes en tránsito por México que más de 18 mil migrantes indocumentados han sido secuestrados y vejados por esos grupos del crimen organizado en México, lo que constituye una “verdadera tragedia humanitaria”.

Pero esos números, esas estadísticas, tienen rostros muy concretos. Son hombres y mujeres, niños incluso, que han sido golpeados por la pobreza, que en sus comunidades de origen no han encontrado las oportunidades suficientes para sobrevivir. La mayoría de ellos tiene familiares en los Estados Unidos. Por eso deciden lanzarse a la aventura y cambiar, por fin, “el destino” que les tocó vivir.

“Cuenta al mundo lo que sufrimos…”

Decidí viajar al sur del México para recorrer la ruta de los migrantes y conocer esos rostros, esas vidas, y palpar el sufrimiento y la esperanza. La idea era partir desde Tapachula, Chiapas, uno de los dos centros focales de este fenómeno migratorio –el otro es Tenosique, Tabasco–, para alcanzar luego la comunidad de Arriaga, también municipio chiapaneco, y de ahí a Ixtepec, Oaxaca, con dirección a Medias Aguas, en Veracruz, lugar donde se unen las líneas ferroviarias que vienen de la península de Yucatán y la del Istmo de Tehuantepec y se dirigen al centro de México.

Compartí el proyecto de itinerario con algunos conocedores de esta ruta en tren que siguen los migrantes, pero me desaconsejan hacerlo. Recientemente un periodista poblano subió al ferrocarril como un migrante más para documentar la experiencia y los atropellos que sufren estas personas. Él mismo fue víctima de agentes del Instituto Nacional de Migración, quienes lo agredieron salvajemente y le robaron sus pertenencias.

“Nos sirve mejor vivo”, me dijo Marvin, un hombre maduro, originario de El Salvador, cuando le conté mi propósito de subir al tren en Arriaga. “Es un riesgo inútil. Es una ruta de muerte. Mejor cuente lo que sufrimos, para que la gente de este país y el mundo sepa a lo que nos obliga el hambre y el amor a nuestras familias; muchos piensan que somos delincuentes y nos apedrean por el camino o nos niegan una ayuda”. Y me relató las historias que ha escuchado o le ha tocado ver y que tienen denominadores comunes: el miedo, el peligro, el maltrato, el sufrimiento…

Al final opté ir por carretera. Visité los lugares donde los migrantes bajan del tren para reponerse de la travesía, o donde suben otros para continuar su viaje: Ixtepec, Medias Aguas, Lechería, Querétaro, San Luis Potosí, Saltillo…

Ha sido esperanzador el hecho de saber que a lo largo de las rutas que siguen los indocumentados, una extensa red de Casas del Migrante, en su mayoría puestas en marcha por la Iglesia católica, están siempre dispuestas para cumplir a su Señor: “…Porque fui forastero y me recibiste…”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s