Los caminos de la esperanza

Crónica de la esperanza y tragedia de los migrantes centroamericanos a su paso por México

Este artículo forma parte de la serie “…PORQUE FUI FORASTERO Y ME RECIBISTE”, que constará de 10 entregas.

Son las siete de la tarde en Tapachula, Chiapas, y parece que el sol nunca va a ceder su espacio a la noche. En los alrededores de la Casa del Migrante Belén, sostenida por los misioneros scalabrinianos, decenas de personas, provenientes en su mayoría de Centroamérica, se muestran impacientes. Algunos ya agotaron los tres días de alojamiento que les ofrece el albergue. Otros han pasado el día en las plazas públicas, en los centros comerciales o en los atrios de las iglesias, esperando el momento propicio “pa’ tirar pa’l Norte”.

Infinidad de rostros morenos, prestos a la sonrisa y al diálogo. Hombres y mujeres que van de los 18 a los 40 años, unos cuantos ya mayores, alguna mujer embarazada. Lo que más sorprende es la enorme cantidad de niños, de adolescentes que deberían estar estudiando en sus países, pero ahora ya van camino al Norte, truncada su infancia.

A estos chicos, al parecer, no les preocupa su situación. Tal vez no entienden la magnitud de la aventura que iniciaron hace unas cuantas semanas al salir de sus pueblos. Por lo pronto buscan lo que sea para “matar el tiempo”: en la tierra dibujan algo que quiere ser como un juego de mesa, tal vez un tablero de “damas”, un “gato”; más allá algunos traen unas canicas; otros patean una lata o un envase plástico a manera de balón de futbol; otros más, simplemente se persiguen, haciendo gala de sus noveles energías.

En tanto los mayores sacan alguna baraja o se tienden en el suelo y clavan los ojos en el cielo, buscando respuestas, suplicando fuerzas y bendiciones, haciendo promesas a Dios, pensando en lo que dejaron, soñando con un futuro que insiste en mostrarse huidizo. “Es como un viacrucis, pero ya llegará la Pascua”.

Apenas han recorrido unos cuantos kilómetros desde la frontera México-Guatemala y ya tienen en su cuenta mucho sufrimiento. “En México es donde más se sufre”, dice un salvadoreño al cuestionarlo sobre cómo le ha ido en esta incipiente travesía. “Aquí empieza la pesadilla”, sentencia un joven, como que sabe lo que dice.

Rutas de vida, rutas de muerte

Para llegar a los Estados Unidos, desde décadas los indocumentados han seguido rutas muy bien establecidas, recorridas de ida y vuelta por varias generaciones. Todos estos itinerarios implican riesgos, pero últimamente se han vuelto más peligrosos por la presencia del crimen organizado que secuestra, extorsiona, violenta y asesina. Eso lo saben todos los que se lanzan a la aventura del Norte; pero el hambre es más peligrosa, la miseria también mata.

El mayor número de centro y sudamericanos que cruza al territorio mexicano por la frontera de Tecún Umán, Guatemala y Ciudad Hidalgo y Tapachula, suelen viajar en el tren de carga con destino a la ciudad de Ixtepec, Oaxaca. Es la ruta conocida como “de la Costa”. También es utilizada por los traficantes de personas o “polleros” para transportar a los migrantes, escondidos en el doble fondo de tráileres o camiones cargados de frutas o mercancía proveniente de Centroamérica.

Esta ruta, en varias ocasiones, ha quedado inservible debido al paso de los ciclones en los últimos años, que han destruido puentes e infraestructura ferroviaria; sin embargo, luego de su rehabilitación vuelve a poblarse de migrantes.

Otra ruta transitada por una buena cantidad de indocumentados es la que ingresa  a territorio mexicano por la región de El Petén, en Guatemala. A decir de los mismos migrantes, en ella hay una fuerte presencia de narcotraficantes y traficantes de armas. Los migrantes parten desde el punto fronterizo denominado El Naranjo, del lado guatemalteco e ingresan a México por peligrosos caminos selváticos y pantanosos por la frontera de El Ceibo, en Tabasco.

En este punto tienen que caminar por zonas pantanosas alrededor de 28 kilómetros para llegar al municipio de Tenosique, Tabasco, con el objetivo de abordar el tren de carga proveniente de Mérida, Yucatán, que los trasladará al poblado de Medias Aguas, municipio de Sayula, Veracruz.

Una ruta alterna, buscada por los llamados “coyotes” es la del paso fronterizo La Mesilla, del lado guatemalteco, ingresando a nuestro país por Ciudad Cuauhtémoc, en el estado de Chiapas. Desde allí, los inmigrantes son trasladados vía terrestre a través de las poblaciones de La Trinitaria, Comitán, San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez.

La marítima es la vía menos utilizada para llegar a México. Desde el puerto guatemalteco de Ocós, en el océano Pacífico, los migrantes, son transportados en lanchas rápidas, conocidas como  tiburoneras, hacinados hasta 20 personas, sin las mínimas medidas de seguridad. Por este medio, los indocumentados arriban a las cercanías de Salina Cruz, Oaxaca, con algunas escalas en Zacapulco, y Paredón, en Tonalá, Chiapas.

Cualquiera que sea la ruta, los migrantes deberán recorrer más de dos mil quinientos kilómetros desde la frontera sur a la frontera norte de México, gastar entre tres mil y seis mil dólares, si es que van “protegidos” por un “pollero”, e invertir casi un mes de viaje… si es que corren con suerte.

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