Estación Bernal, Querétaro, “buenos samaritanos” en las vías del tren

“…PORQUE FUI FORASTERO Y ME RECIBISTE”

Crónica de la esperanza y tragedia de los migrantes centroamericanos en su paso por México. Cuarta parte 

Son las once de la noche y la familia de don Martín sigue expectante a un lado de las vías del ferrocarril que viene del Distrito Federal y se dirige a Querétaro. El tren carguero ya tiene un retraso de un par horas. “Nunca pasa a la misma hora, y no siempre se detiene”, comenta el hombre mientras da unos cuantos pasos por los rieles, oteando el horizonte. No hay señal alguna del convoy.

Estamos en la Estación Bernal, en el municipio de Tequisquiapan, Querétaro. Aquí, desde hace más de quince años, los migrantes, particularmente centro y sudamericanos, que viajan en el tren saben que encontrarán una mano extendida para ayudarlos.

Algunos minutos después, por fin, el semáforo ferroviario ubicado a un kilómetro de la estación,  cambia la luz roja que parecía inmutable por una verde, para indicar que ya se acerca el tren. De inmediato empieza el movimiento al interior de la caseta que sirve de “base” para este equipo que apoya a los migrantes:

Martín, su esposa e hijas y un par de voluntarios, ya tienen acomodadas en cajas de cartón las bolsas con alimento que entregarán a los viajeros del tren de carga. Si el convoy se detiene podrán bajar los migrantes y se sentarán al frente de la casa a degustar el refrigerio; si el tren sólo disminuye la marcha, entonces tendrán que lanzar las bolsas a los hambrientos migrantes. Si continúa con la misma velocidad con que viene, no les quedará otra que encomendarlos al Todopoderoso, decirles adiós, y gritarles unas palabras de ánimo.

“Quiero llevar a mi familia pa’rriba

“Salí a la aventura porque en mi país (Honduras) no hay trabajo, y el que hay es mal pagado; mi plan en llegar a ‘los Estados’ para enviar muchos dólares para llevar pa’rriba a la familia que allá se quedó”, cuenta José, rostro ennegrecido por la mugre, surcado de hondas arrugas que delatan el sufrimiento de los últimos treinta días.

Mientras devora el sándwich que le han dado, relata: “Entré a México, junto con tres amigos, por Ciudad Hidalgo (Chiapas), luego de varios días en Tecún Umán (Guatemala). En la frontera mexicana la policía municipal nos pidió dinero para no detenernos.  Quisimos llegar “de aventón” a Tapachula, pero antes de entrar a la ciudad, los dos hombres que nos subieron a su camioneta, machetes en mano, nos llevaron a la montaña y nos quitaron el poco dinero que traíamos. Me puse nervioso, sentí que nos iban a matar. Nos dejaron ir, y tuvimos que caminar varias horas; un poco más adelante nos asaltaron de nueva cuenta, pero esta vez lo hicieron unos adolescentes; como ya no traíamos dinero nos quitaron los zapatos y alguna ropa”.

Buena voluntad, pocos recursos

“La atención a los migrantes empezó en Querétaro mediando la década de los noventa (del siglo XX), con un grupo de gente que, al mirar pasar los trenes llenos de migrantes, quiso echar una mano, auxiliar en algo”, comenta el padre, vicario de la Parroquia de San Sebastián Mártir, de Querétaro capital y presidente de la asociación civil , fundada para dar solidez a la acción a favor de los migrantes en esta zona.

“Por aquellos años el tren venía con pocos jóvenes, serían unos cinco mil al año. En Estación Bernal, donde el tren suele hacer alto total, algunos migrantes se bajaban y se aventuraban a pedir comida, pero como la población es escaza en este lugar no siempre obtenían ayuda. Al ver esa necesidad, algunas familias de Tequisquiapan se organizaron para ofrecerles ‘un taco’”.

Estas personas de buena voluntad, con sus propios recursos, preparaban los alimentos ahí en la estación, como si fueran de día de campo y se los daban a los que se acercaban. Pronto, entre los migrantes se fue pasando la voz de que en Querétaro, en “Tequis”, podían tener un taco. Pero también las necesidades empezaron a ser más grandes y diversas, debido al aumento del número de migrantes y a los constantes accidentes que ellos sufrían en el tren.

Así pasaron diez años de puro altruismo, en medio de muchas críticas, incluso de hostigamiento por parte de las autoridades municipales. Desde hace poco más de cinco años el grupo de voluntarios recurrió al padre para le presentar la obra e integrarse a la Pastoral de Migrantes de la diócesis de Querétaro.

Hoy en día la labor concreta de este grupo consiste en ofrecer alimentos, vestido, calzado y atención médica, particularmente las urgencias, debido a los constantes accidentes que sufren los migrantes en el tren: caídas, golpes. Como en Estación Bernal no hay puesto médico, toman al migrante y lo llevan al doctor, siempre con médicos particulares: “el Sector Salud, al momento de heridas fuertes que requieren de sutura, preguntan qué pasó y de inmediato hablan a migración o a la policía; ni siquiera los atienden, sólo los detienen. Si se trata  de heridas leves ahí mismo se les dan los primeros auxilios; hay gente que sabe de eso, o que ha aprendido en el camino, a no tenerle miedo a las heridas, después de 15 años se ha aprendido a atender situaciones”.

Criminalizados

            Desafortunadamente las personas migrantes siguen siendo criminalizados. En las poblaciones cercanas a las vías del tren se les culpa de todos los males habidos y por haber: “que se perdió una gallina, que rompieron un vidrio de la casa, que robaron…” Otros, al ver la labor del grupo de ayuda al migrante suelen decir: “qué bonito”, sin embargo les cuesta ayudar. Por parte de muchos grupos eclesiales tampoco se tiene una respuesta favorable, al contrario se sataniza esta acción.

Que no se cierren los ojos, tampoco los sueños

En una arrugada hoja de papel, que un migrante dejó en un árbol cercano a la estación del ferrocarril, describe la “espiritualidad” que lo anima en el camino:

“Los ojos se me cierran por el sueño / pero es el sueño de la muerte, / con mis dedos sin fuerza / me agarro desesperado a la vida; / si me suelto, sé que tú me proteges / no dejes que este monstruo me trague / su boca es de noche y su aliento golpea mi cara; / a lo lejos veo que muy arriba está la luna, / ella me saluda con su sonrisa / y así me dices que confíe / que aguante, y no me dé por vencido…”

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