Frontera norte, comenzar de nuevo

“…PORQUE FUI FORASTERO Y ME RECIBISTE”

Crónica de la esperanza y tragedia de los migrantes centroamericanos a su paso por México. Quinta parte        

“Llegar a Saltillo es como estar en el traspatio de los Estados (Unidos); aquí agarra uno fuerzas después de tantos sufrimientos que pasamos”. Así piensa Nancy, una salvadoreña de 24 años de edad, madre soltera, con una hija de 3 años, a la que ha dejado encargada con su mamá.

            Nancy, a pesar del optimismo que demuestra en la plática, no puede olvidar “el viacrucis” que recién ha vivido: salió de Chalatenango, El Salvador, el 3 de abril de este año, pero estuvo secuestrada por un grupo de delincuentes que dijeron ser “los zetas”, desde el 13 de abril al 22 de junio.

“Me agarraron en Coatzacoalcos, Veracruz, cuando estaba en el supuesto albergue de una mujer a la que apodan ‘La Madre’, que se hace pasar por religiosa para que nosotros caigamos. Hasta ahí llegaron unas trocas que eran como las de mudanza y nos agarraron a mí y a otros ochenta y tres compañeros más. Nos dijeron que nos cobrarían dos mil quinientos dólares para dejarnos libres, a pagar en Houston, Texas”.

“Nos llevaron hasta Reynosa, y ahí en el camino íbamos pasando retenes de Migración y de la Policía, que nos veían cómo íbamos y aún así no hacían nada, sino que sólo recogían un dinero que les daban”.

La joven fue puesta en libertad luego que una tía, residente en Estados Unidos, juntó el dinero que le exigían. Tardó mucho tiempo en reunirlo. En ese lapso Nancy sufrió abusos de todo tipo, incluso pudo haber muerto asesinada. Al quedar libre, intentó cruzar la frontera pero no pudo. Un “coyote” la engañó y fue a parar a Saltillo, Coahuila. Una persona caritativa la llevó a la Casa del Migrante que tiene la diócesis saltillense. Luego de pasar tres días en el albergue se dirigió a Nuevo Laredo.

Reconstruir la dignidad del migrante

Cada año la Posada del Migrante “Belén”, recibe cerca de 12 mil personas migrantes provenientes en su mayoría de Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua, que oscilan en su mayoría entre los 16 y los 40 años de edad, pertenecientes a sectores económicos y sociales desfavorecidos y empobrecidos, con pocas o nulas posibilidades de desarrollo en sus lugares de origen.

La Casa del migrante tiene un área administrativa, encargada de la atención humanitaria; un área de derechos humanos; un área de incidencia y vinculación, que permite la relación en redes con otras Casas y centros defensores de derechos humanos; y un área de desarrollo humano, encargada de trabajar con las personas migrantes desde una visión integral y humana que les permita, en la medida de lo posible, reencontrarse con su dignidad de personas, muchas veces perdida en la violenta vida centroamericana o en el camino por México.

Nuevo Laredo

            Para Enrique, hondureño de 27 años, ahora viudo y padre de cinco hijos, el primer tercio del trayecto rumbo a la frontera norte no le significó mayor problema, sino “los normales”: batallar con la subida al tren en movimiento, los malabares para mantenerse en el techo del vagón donde viajó, el frío, el sueño, el cansancio, la falta de alimento, el asalto violento de algunos civiles en los alrededores de Tapachula, las extorsiones de la policía en Arriaga, las pedradas en Ixtepec, las ‘corretizas’ en Medias Aguas…

            La situación se tornó difícil al llegar a Orizaba, donde bajó del tren debido al cansancio. Mientras buscaba ayuda y alimento en el centro de la ciudad fue secuestrado y llevado a un lugar donde estaban confinados más migrantes. Por días se negó a proporcionar el número telefónico de sus parientes en Estados Unidos que pudieran pagar el rescate, por eso fue golpeado brutalmente, dado por muerto y tirado a las afueras de la ciudad. Por fortuna alguien lo encontró y lo llevaron al hospital, donde permaneció en mal estado casi dos meses.

            Al recuperarse siguió su camino rumbo al Norte. Llegó a Lechería, Estado de México, donde se le unieron un par de jovencitas; de ahí continuaron hasta El Ahorcado, en Querétaro, donde bajaron del tren para conseguir comida, sin embargo fueron secuestrados de nueva cuenta por más de quince días. De la casa donde los retuvieron, él pudo escapar, pero no así las jóvenes.

            Con penurias llegó a San Luis Potosí, ahí pudo comunicarse con su familia después de casi cinco meses de haber salido de su tierra; en la llamada le informaron que su esposa había fallecido recientemente. La noticia lo desmoralizó: “no sabía qué hacer y me sentía tan mal que había decidido aventarme al tren para terminar con todo, pero me puse a pensar y no lo hice por mis hijos. La más pequeña tiene un año, decidí seguir por ellos, por mis cinco hijos”.

La mañana está despuntando…

            Enrique, por fin llegó a Nuevo Laredo, luego de casi tres mil kilómetros de trayecto. En la Casa del Migrante que atienden los misioneros scalabrinianos ha podido relatar por enésima vez las peripecias de su viaje. En el largo pasillo otros migrantes lo escuchan, pero no hacen comentario alguno. Ellos mismos tienen su propia historia, igualmente dolorosa.

La noche ha caído en la ciudad, la mortecina luz del galerón donde los migrantes intentarán dormir se asemeja a la esperanza que anidan en el corazón. “Mañana será otro día. El sol pronto va a brillar…”

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