Una Goretti entre nosotros

Crónica de la muerte de una joven catequista michoacana

Primera parte

El 4 de abril de 1980 fue Viernes Santo. Y ese día, como hace más de dos mil años, murió asesinada otra víctima inocente: María Isabel Mondragón Arriaga, una joven de 21 años, oriunda de Maravatío, Michoacán.

Aquel día, Isabel y su hermana Salud, se apresuraron a terminar las tareas que tenían asignadas en la casa donde, apenas el lunes de esa semana, habían ido a emplearse como trabajadoras domésticas. En la mañana habían pedido permiso a sus patrones para salir temprano y poder acudir a la representación de las tradicionales “Tres caídas” por las calles del pueblo, sin siquiera imaginar que en esta ocasión les tocaría cargar una tremenda cruz, y a Isabel entregar la vida.

Los preparativos

Como en la mayoría de los pueblos de México, con las raíces de la religión profundas, casi la totalidad de los habitantes de Maravatío –en el oriente de Michoacán–, mucho antes del medio día, se volcaron a las céntricas calles del pueblo por donde pasaría la representación de las “Tres caídas”.

Desde muy tempranos las señoras salieron a regar y a barrer las calles. Con esmero y con ayuda de la familia, se colocaron los altares que señalan cada una de las catorce estaciones del Viacrucis. Imágenes de la Dolorosa o del mismo Crucificado fueron colocadas en el centro de la mesa, flanqueadas por velas y flores. Banderas de papel picado, en color morado, adornaron las fachadas de las casas.

Es un día importante. Las mujeres visten en riguroso negro, cubierta la cabeza con una mantilla, en señal de luto; los hombres con sus ropas más sobrias. Los “actores” del Viacrucis, después de haber ensayado durante un par de meses, daban los últimos toquen a sus vestuarios y utilería para representar lo mejor posible su papel y esperaban ansiosos la hora de iniciar.

Cerca del medio día las hermanas Mondragón salieron de la finca “Las Huertas”, donde trabajaban, para dirigirse al centro de Maravatío. Caminaron a un costado de la carretera. Aunque el tramo que tenían que recorrer no era muy largo, apresuraron sus pasos porque se hacía tarde y no querían faltar a aquella devoción.

Ya pasó la Cuaresma y sus penitencias

Había pasado la Cuaresma con sus promesas de “guardarse de algo” que los fieles suelen hacer en ese tiempo. Había pasado ya la semana de ejercicios cuaresmales, con las largas prédicas y sermones de los sacerdotes sobre los peligros que las almas corren en estos tiempos modernos, y sobre las postrimerías del hombre y el destino final que tarde o temprano llega para todos.

Las confesiones sacramentales eran la consecuencia lógica de la asistencia a aquellas tandas de pláticas. No porque los padrecitos las impusieran a sus feligreses, sino porque, con el alma contrita, después de escuchar los terribles tormentos que le esperan a aquellos que no quieren enmendarse, los pies se dirigían casi por sí mismos al confesionario, y la lengua se soltaba espontánea para traslucir, con amargura, todo aquello que se llevaba cargando en el corazón.

Había pasado también el Jueves Santo. Los fieles de Maravatío habían participado devotos en el memorial de la Cena del Señor. En la Misa, habían volteado la cabeza para ver la procesión de entrada y averiguar quiénes eran, en esta ocasión, los elegidos para representar a los Apóstoles de Nuestro Señor, a los que, luego, les tocaría que el señor Cura les lavara los pies.

Terminada la Misa de Jueves Santo, luego de la solemne reserva del Santísimo en el “monumento” eucarístico, los fieles habían cumplido con la tradicional visita a las “siete casas”, en recuerdo del trajín que vivió Jesús cuando lo iban a enjuiciar.

Camino a su propio Calvario

Todo eso y con iguales sentimientos lo habían vivido Isabel y Salud Mondragón, las hijas de don José y Virginia. Pero ya es Viernes Santo, el día de mayor reverencia. No se oye música alguna en las escasas viviendas que hay por la carretera. Hasta los animales, los pájaros, los perros, las vacas, parecen guardar un silencio reverente, como si supieran que es el día en que Jesús de Nazaret derramó su sangre para bien de muchos. O tal vez porque ya vienen presintiendo que Isabel y Salud están recorriendo el camino hacía su propio Calvario.

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