Una Goretti entre nosotros

La muerte de María Isabel Mondragón Arriaga ocurrió un Viernes Santo

Segunda parte

Poco antes del mediodía de aquel Viernes Santo de 1980, las hermanas Isabel y Salud Mondragón Arriaga salieron de la casa de sus patrones y se dirigieron, caminando a un costado de la carretera, al centro de Maravatío. Apenas habían avanzado algunos metros cuando un taxi les dio alcance. El conductor, Carlos Aguilar Flores –ex boxeador y ex policía–, con sobrada amabilidad ofreció llevarlas a su destino sin cobrarles, “que al cabo voy para allá”, dijo.

Las hermanas se miraron y dejaron ver su desconfianza. Sabían que ya era tarde y que tal vez no alcanzarían a participar desde el principio de las Tres Caídas, pero no acostumbraban a aceptar ese tipo de ofrecimientos de personas desconocidas. Frente al silencio de las muchachas el chofer insistió con caballerosidad, esbozando una sonrisa. Ante la disyuntiva, con ingenuidad, accedieron a la propuesta.

Una vez en el carro, el sujeto, manejando suavemente, con voz melosa les preguntó de dónde eran, qué andaban haciendo por esos rumbos, quiénes eran sus padres y algo relacionado con su nuevo trabajo. Tímidamente las mujeres respondieron a las interrogantes. En la conversación salieron a relucir los sentimientos religiosos de las hermanas Mondragón y el chofer las felicitó “por la fe que tenían”. Les dijo que a su mamá le “agradaría conocer a jóvenes tan devotas”, por lo que les propuso que lo acompañaran a su casa para presentársela.

Las jóvenes arguyeron que no tenían permiso y que, en cuanto terminara la procesión de las Tres Caídas, tenían que volver al trabajo. La mirada del hombre, reflejada en el espejo delantero, las inquietó. Sospecharon que aquel hombre no tenía buenas intenciones y le pidieron que detuviera el auto de inmediato y les permitiera bajar. Por toda respuesta el hombre pisó el acelerador y siguió de frente. Las jóvenes experimentaron un miedo infinito.

La niñez de Isabel

María Isabel Mondragón Arriaga nació el 23 de febrero de 1959 en un caserío llamado Guanimoro, en el municipio de Maravatío, Michoacán. Poco tiempo después del nacimiento de la niña el rancho se dividió y se le dio el nombre de San José del Rodeo. María Salud vino al mundo dos años después que Isabel.

Sentada a la sombra de un árbol de su jardín, treinta años después de la muerte de su hija, la señora Virginia Arriaga recuerda que Isabel “desde muy pequeñita tenía mucha memoria: a los cuatro años de edad sabía persignarse, el Padrenuestro, el Avemaría y algunas preguntas del catecismo azul”.

A los cinco años de edad cuando “ya caminaba recio se venía de la doctrina con nuestra hija Juanita, la mayor, que era catequista en El Saucillo, San Felipe, Michoacán. Por fin Chabelita aprendió la doctrina e hizo su Primera Comunión a los 6 años”.

Doña Virginia se puso en pie y con vacilante paso –hoy tiene más de 80 años– se dirigió al interior de su casa. Al cabo de unos minutos regresó con una foto tamaño postal, en blanco y negro. La placa presenta a Isabel el día de su Primera Comunión.

“Estaba muy linda ese día”, dice emocionada mientras muestra la foto. En ella Isabel está de pie, con mirada trasparente y rostro sereno; ataviada con un modesto vestido blanco, largo, cubierta con un discreto velo. Tiene en la mano derecha, apoyada un poco arriba del vientre, un misalito y un rosario; con la izquierda sostiene una delgada vela y un ramo de flores blancas de largo tallo.

Doña Virginia cuenta que desde niña le inculcaron, al igual que a sus otros hermanos, la fe católica traducida en prácticas como la frecuente asistencia a Misa, el rezo del santo rosario en familia, la devoción a la santísima Virgen de Guadalupe y al Sagrado Corazón de Jesús.

Impulsada por el ambiente religioso de la familia, Isabel comenzó a dar catecismo a los 14 años de edad. Muchos fueron los niños de su comunidad y otras circunvecinas que, con gran esmero de parte de la novel catequista, se prepararon para recibir a Jesús Eucaristía; incluso, algunos de esos niños fueron amadrinados por ella misma.

“Chabelita creció muy amistosa y también ella fue catequista, mucho le gustaban los niños y los ancianitos; y decía que en un libro se había encontrado un verso que decía ‘amar a los niños y acariciar las canas de los ancianitos, eso es amor’”.

“¡Quién iba a imaginar por aquellos días que unos cuantos años después nuestra hija iba a morir a manos de un mal hombre, el mismo día que celebrábamos la muerte de Jesucristo, nuestro Señor!”, expresa la señora Virginia, con una mezcla de dolor y orgullo.

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