Una Goretti entre nosotros

La muerte de María Isabel Mondragón Arriaga ocurrió un Viernes Santo

Tercera parte: Una joven normal

La señora Virginia Arriaga, mamá de Isabel, narra que después de que la joven asesinada el Viernes Santo de 1980, cumplió 15 años –en 1974–, se ocupó “en negocios de grande importancia”, esto es, siguió dando catecismo a los niños de las rancherías circunvecinas a su hogar, pero también se interesó por el progreso de su comunidad.

Cuenta que por aquellos días en San José del Rodeo, el rancho donde vivía la familia Mondragón Arriaga, hacía falta un salón para la escuela, donde los niños pudieran asistir a clase dignamente. Los vecinos formaron un comité y quedó elegido como presidente el hermano mayor de Isabel; todos tenían la ilusión de levantar pronto el aula, pero hacía falta el dinero.

Deporte, música y devoción

Isabel, aficionada al juego del voleibol había formado un equipo con varias jovencitas amigas suyas. “Con el ánimo tan hermoso que tenía”, cuanta su madre, “convenció a las amigas para que hicieran kermeses”: después de los juegos en el torneo que organizaron, atendían algunos puestos donde “vendían comidas exquisitas para ayuda del salón”.

Aprovechando que su papá, don José Mondragón, les había comprado dos aparatos de sonido, Isabel y su hermana Salud “se daban mucho valor” para ir a las rancherías donde sus amigas, “las demás jovencitas las invitaban para que fueran a tocar cuando hacían kermeses, ya en las escuelas o en las capillas o en algunas bodas”.

“Mi esposo había comprado un carrito y se lo ponía a un caballo y allí llevábamos el tocadiscos. Nosotros, los dos papás, íbamos con ellas y ellas, las dos, habían comprado muchos discos diferentes, muy bonitos”, dice doña Virginia, esbozando una sonrisa tímida, mientras dirige una mirada a su marido que atento sigue nuestra charla.

“Dios nos concedió, con muchos esfuerzos de los vecinos, que pronto se levantara el salón. Y se le dio la bendición”, expresa orgullosa. Pero Isabel y su hermana Salud, ya traían en mente otro proyecto: la construcción de una capilla para la comunidad.

El corazón al Tepeyac

El municipio de Maravatío, donde se encuentra San José del Rodeo, comprende un extenso valle, quebrantado por algunas elevaciones, y forma parte de la zona noreste de Michoacán, limítrofe con el estado de Guanajuato y cercano a la línea divisoria con Querétaro y el Estado de México.

Esta región era parte del señorío Michoaque cuando, por ahí de 1522, incursionaron los primeros conquistadores españoles bajo el mando de Cristóbal de Olid. Pocos años después, por estos mismos caminos anduvieron los primeros franciscanos, con fray Martín de La Coruña a la cabeza, en la cruzada evangelizadora de tierras purépechas. Se dice que el encargado de evangelizar la región, particularmente el valle de Zinapécuaro, cercano a Maravatío, fue el franciscano francés Maturino Gilberti.

Siglos después, por los caminos cercanos a San José del Rodeo pasaban caminando otros grupos muy distintos.  No eran militares ni misioneros, sino, sencillamente, hombres que peregrinaban procedentes de la región oriental de la arquidiócesis de Morelia –municipios de Guanajuato y Michoacán– al cerro del Tepeyac, para visitar a la Virgen de Guadalupe.

Isabel, al enterarse que pasarían los peregrinos por su casa, desde un día antes preparaba el aparato de sonido; y al rayar el día “ponía unos discos a tocar las mañanitas a la Virgen morenita”. Y Decía con grande anhelo “si se formara una peregrinación de mujeres yo también  me iría”.

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