Una Goretti entre nosotros

El asesinato de María Isabel Mondragón Arriaga ocurrió un Viernes Santo

Cuarta parte: La peregrina guadalupana

Tres años antes de ser asesinada, a Isabel Mondragón se le concedió el deseo de integrarse a una hermandad de peregrinas a pie al Tepeyac. Recientemente en la vecina población de Tarandacuao, Guanajuato, se había formado ese grupo, a invitación de la hermandad de Jerécuaro, Guanajuato, que ya había ido una vez a la Basílica de la Virgen Morena.

La joven “con grande alegría”, relata su madre, “nos pidió permiso que la dejáramos ir”, que ya también estaban anotadas para la caminata algunas mujeres de San José del Rodeo, su comunidad, y otras rancherías vecinas.

“Mientras Dios me dé licencia…”

“Se llegó el dichoso día 19 de agosto de 1977, y se marcharon a caminar por primera vez María Isabel con la hermandad tarandacuense. Yo, la madre de María Isabel ofrecía mis oraciones a la Santísima Virgen para que las librara de los accidentes, tanto del alma como del cuerpo”. A los nueve días regresó Chabelita dando gracias a Dios porque le había concedido aquél gran deseo y decía: “mientras Dios me dé su licencia seguiré yendo a caminar”, relata doña Virginia Arriaga, madre de la joven.

Al siguiente año, 1978, además de Isabel, también se integraron a la caminata al Tepeyac su mamá y otros miembros de la familia. “Si Dios nos lo permite, para el año que viene tendremos que venir más”, decía, al contemplar cómo iba creciendo el grupo.

La señora Virginia recuerda: “esa ocasión, llegamos a un lugar llamado La Magdalena y una hermana iba muy enferma de sus pies, los llevaba muy hinchados de caminar; allí en la casa donde nos quedamos, también le tocó quedarse a ella; Isabel, al verla así fue con la dueña de la casa y le pidió prestado un pocillo para calentar agua y le puso sal. Chabela tomó los pies de la hermana y se los cubrió de lienzos con agua y luego se los envolvió; al poco rato ya se sentía mejor. Al siguiente día ya podía caminar bien. Ella daba gracias a Dios que le había curado sus pies. Desde entonces la hermana le tomó mucho cariño”.

Ese año Isabel iba con una firme intención: implorar por su padre que “andaba extraviado –es decir, en “malos pasos” – por quien toda la familia Mondragón Arriaga padecía gran dolor y desesperación”. El día que arribaron a la Basílica, después de la misa, Isabel “elevó sus ojos al altar mayor, donde está colocada aquella Sagrada Imagen de Nuestra Santísima Madre, y dijo a su madre: ‘pidamos valor para este encuentro con mi papá’”, sin saber que él se encontraba ahí. Cuando se vieron, el papá “suplicó el perdón de la familia”, se reconciliaron y regresaron a casa. Los familiares y vecinos vieron en ese hecho un milagro.

“Conquistar hermanas para la Virgen…”

Según relatan las primeras peregrinas de San José del Rodeo, la devoción a la Guadalupana que tenía Isabel no se limitaba a la mera participación anual en la marcha al Tepeyac: muy pronto la jovencita se convirtió en la principal animadora de la hermandad, iba de casa en casa, en su rancho y en los vecinos, hablando de “la hermosa experiencia que había vivido” al integrarse a la peregrinación y las gracias que se obtenían al ofrecer ese sacrificio.

La señora Virginia evoca que en 1979, el último año que Isabel peregrinó, la joven “seguía conquistando a nuestras hermanas para ir a visitar la Santísima Virgen. Cuando se dio cuenta de que había llegado el programa a casa de las hermanas de El Saucillo, Michoacán, nos pidió permiso para ir a recogerlo y llevarlo a las hermanas de La Joya del Pilar, para que se fueran preparando”. Vestida con su traje de pantalón, chamarra y sombrero, ensilló su caballo, montó en él y se marchó.

La madre, encomendándola a la Virgen y al Apóstol Santiago, la estuvo mirando “hasta que trastumbó el monte”. Un par de horas después Isabel regresó satisfecha: “Ya ves mamá qué provechosa fue mi visita, sí van a ir algunas, en seguida que me avisaban quién y quién iba”. La cosecha buena. El día de la salida de la peregrinación de ese año, el 12 de agosto, tan solo de su comunidad –formada por unas cuantas casas– eran 16 hermanas.

A Isabel le llenaba de gozo llegar a algunas comunidades donde eran recibidas con repique de campanas, quema de cohetes y la música tocando himnos a la santísima Virgen. Le decía a su mamá: “Yo me siento elevada, siento que mis pies no pisan el suelo”.

En la segunda jornada de esa peregrinación “las hermanas mayores hicieron nombramiento de todos los lugares, nombraron celadoras y a Chabela le tocó sacar más votos y quedó nombrada. Ella gustosa recibió aquel cargo que nuestras hermanas mayores le habían impuesto por mandato de Dios Nuestro Señor”, refiere orgullosa su madre.

 

Presagio

En la misma travesía llegaron “a la Loma de las piedras, donde está un lindo panteón”; Isabel, que iba enferma de una fuerte calentura le dijo a una de sus amigas: “Que tal si yo muriera por aquí y toda la hermandad fuera con mi cuerpo a sepultarlo aquí, en este panteón, ¡qué lindo sería!”.

Ocho meses después Isabel sería asesinada, aunque su cuerpo, en primera instancia, no sería sepultado en un camposanto.

 

 

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