Urge detener la explotación sexual de niños

“Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar”. (Mt, 9, 42)

El abuso y la explotación sexual de niños es un problema antiguo, sin embargo, a pesar de los esfuerzos de organismos internacionales dedicados a erradicar este mal de proporciones planetarias, en los últimos años ha crecido de forma alarmante.

Es sabido que el abuso sexual infantil puede darse en “privado”, en el seno del mismo hogar o en otras instituciones que deberían entrañar seguridad y protección para los niños, como la escuela, iglesias o clubes deportivos. En esos casos los perpetradores de los abusos son personas cercanas a la familia y a los niños, vecinos, inclusive parientes.

Sin embargo, el problema tiene diversas caras que van más allá del ámbito cercano al hogar de los niños. La forma más perversa de esta realidad la entraña el tráfico de menores para su explotación sexual con fines comerciales, en una “industria” que genera miles de millones de dólares al año.

Prácticas degradantes

El abuso sexual se refiere a contactos o interacciones entre un niño o niña y otro niño o niña mayor o una persona adulta, que puede ser un extraño, un familiar o un conocido, para quien el niño o niña es utilizado como un objeto de gratificación sexual.

Aunque es muy difícil tener datos exactos sobre esta situación, organismos de defensa de los derechos de los niños hablan de más de un millón y medio de menores los que se encuentran prácticamente secuestrados por las redes de explotación sexual en el planeta.

El Congreso Mundial contra la Explotación Sexual Comercial de la Niñez (Estocolmo, 19996), dice que esta aberrante práctica “es una violación fundamental de sus derechos. Abarca el abuso sexual por parte del adulto y remuneración en dinero o en especie para el niño o para una tercera persona. El niño o la niña son tratados como objetos sexuales y como mercancías. La explotación sexual comercial de la niñez constituye una forma de coerción y violencia contra ésta, equivale al trabajo forzado y constituye una forma contemporánea de esclavitud”.

Según los especialistas, existen tres formas principales e interrelacionadas de explotación sexual comercial: la prostitución, la pornografía y el tráfico con propósitos sexuales. Otras formas de explotación sexual de la niñez incluyen el turismo sexual y los casamientos tempranos.

A menudo los agresores tienen cierta responsabilidad sobre la seguridad y el bienestar del niño, y por lo tanto se ha desarrollado una relación de confianza y al mismo tiempo de poder. Las acciones de abuso se llevan a cabo mediante el uso de la fuerza, amenazas, sobornos, engaños o presión. Las actividades sexualmente abusivas no necesariamente implican un contacto físico entre el abusador y el niño o niña y pueden incluir el exhibicionismo o el voyerismo.

Según datos resultantes de una investigación realizada por la organización End Child Prostitution Pornografy and Traffiking in Children (ECPAT), el fenómeno de la explotación sexual comercial involucra a prácticamente todo el planeta, pero mayor presencia en países como Bangladesh, Laos, Camboya, Vietnam, Tailandia, Sri Lanka, Taiwán, India, Brasil, Colombia, México, Venezuela, Perú, Filipinas, República Dominicana, Ucrania, Bulgaria y muchos países africanos.

 

Acciones de contraste

Para los activistas que buscamos poner fin a esta degradante situación, nuestra primera acción se dirige a hacer conciencia de que nos encontramos ante cifras enormes. Estamos hablando de un tremendo negocio en el que algunas personas ganan cifran impresionantes de manera inmoral, degradando la dignidad de los afectados. Si el mercado de los niños no fuese interesante desde el punto de vista económico, no existiría. Por lo tanto, la clave para vencer es desalentar la demanda.

En los foros internacionales se han presentado estrategias que van desde intervenir en la economía de países “donantes” de niños, hasta el desarrollo de trabajos significativos de prevención con los mismos niños; o educando y formando a los cuerpos policíacos locales para que presten atención al fenómeno tanto como para reprimir los crímenes que el fenómeno causa.

En otros lugares, particularmente aquellos conocidos como destinos de turismo sexual infantil, ya se trabaja con los sectores a los que el turista del sexo se dirige: taxistas, guías, albergues, de modo que no se le proponga al turista estas actividades.

En diversos puntos del planeta, la Iglesia católica está liderando iniciativas para detener el tráfico y explotación sexual de menores; tal es el caso de la red que ha creado la Unión Internacional de Superioras Generales y que está dando “dolores de cabeza” a esta aberrante “industria”, y de la que hablaremos en una siguiente entrega de esta serie.

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