“El Espíritu de Asís”: 25 años animando la construcción de la paz

 

Han pasado 25 años y tanto el mensaje como el trabajo por construir la paz son tan necesarios hoy como lo fueron aquel memorable 27 de octubre de 1986, cuando el Papa Juan Pablo II reunió a representantes de las diversas religiones del mundo, en la ciudad italiana de Asís, para elevar al único Dios, “de tantos corazones y en diversas lenguas”, una sola plegaria por la paz.

En este contexto, el Papa Benedicto XVI ha convocado, desde el Mensaje para la Jornada de la paz 2011, a la celebración de este memorable acontecimiento, y ha subrayado el papel detrminante de las grandes religiones como “factor de unidad y de paz para la familia humana”.

El Santo Padre irá como peregrino a Asís y ha invitado a “los hermanos cristianos de las distintas confesiones, a los representantes de las tradiciones religiosas del mundo y a todos los hombres de buena voluntad”, con el fin de “renovar solemnemente el compromiso de los creyentes de todas las religiones de vivir la propia fe religiosa como servicio a la causa de la paz”.

Las religiones y su compromiso con la paz

En la raíz de la Jornada Mundial de Oración por la Paz, estaba la convicción del Papa Wojtyla de que el compromiso por la paz debe ser obra sobre todo de los creyentes, y que las Iglesias cristianas y las grandes religiones del mundo tienen en el trabajo por la paz una de sus tareas ineludibles.

El año de 1986, en las postrimerías de la Guerra Fría, había sido declarado por la ONU como Año Internacional de la Paz, sin embargo los conflictos internacionales no conocían tregua; por eso el Papa sostenía que “cuanto más intrincadas se hacen las situaciones conflictivas y las dificultades resultan humanamente insuperables, cuantos más peligros se ciernen sobre la humanidad, tanto más debemos dirigirnos a Dios para que nos conceda la gracia de vivir como hermanos, en un mundo reconciliado”.

Juan Pablo II reconocía que “la oración es el medio más inofensivo al que se puede recurrir y es, sin embargo, un arma potentísima: es una llave capaz de forzar incluso las situaciones de odio más inveterado”.

Junto a la invitación que extendió a los líderes religiosos del mundo, el Papa también hizo una vehemente exhortación a todas las partes en conflicto en el mundo de ese entonces, para que, al menos durante toda la jornada del 27 de octubre de 1986, observaran una tregua completa de combates, como una oportunidad para emprender una reflexión “sobre los motivos que les impulsan a buscar por la fuerza, con sus consecuencias de miserias humanas, lo que podrían obtener mediante la negociación sincera y el recurso a otros medios que ofrece el derecho”.

 Una jornada memorable: estar juntos para rezar

El Papa Juan Pablo subrayó en repetidas ocasiones, antes de la Jornada de Oración, que el hecho de que los cerca de 70 representantes religiosos se reunieran no implicaba de ninguna manera la intención de buscar un consenso religioso o de entablar una negociación sobre las convicciones de fe, ni “que las religiones puedan reconciliarse a nivel de un compromiso unitario en el marco de un proyecto terreno que las superaría a todas”.

Frente a lo que algunos quisieron interpretar como “una concesión al relativismo en las creencias religiosas”, se insistió en que “cada ser humano ha de seguir con sinceridad su recta conciencia con la intención de buscar y obedecer a la verdad”.

El encuentro significó un fuerte testimonio de que en la gran batalla en favor de la paz, la humanidad, con su gran diversidad, “debe sacar su motivación de las fuentes más profundas y vivificantes en las que se plasma su conciencia y sobre las que se funda la acción moral de toda persona”.

Durante la Jornada de Oración, cada religión tuvo el tiempo y la oportunidad de expresarse en su propio rito tradicional. Luego, desde los distintos lugares de oración diseminados en la ciudad de Asís, se dirigieron en una procesión silenciosa hacia la plaza de la basílica inferior de San Francisco, donde cada expresión religiosa, una después de otra, tuvo la posibilidad de presentar su propia oración.

Tras haber orado separadamente, los representantes de las diversas religiones meditaron en silencio sobre la responsabilidad de trabajar por la paz y, acto seguido, manifestaron simbólicamente su compromiso en favor de la paz.

 Asís, símbolo de fraternidad

En la inauguración de aquella Jornada, delante de la capilla de la Porciúncula, Juan Pablo II dijo que escogió a Asís como lugar para ese encuentro por la particularidad y santidad del hermano Francisco, un hombre pequeño que supo derribar toda barrera discriminatoria y que supo abrir las puertas de cada corazón reconociéndose hermano de todos. En todo el mundo, en efecto, Asís, es conocida como símbolo de paz, de reconciliación y de fraternidad.

El clima de fraternidad,  resumido en la expresión  “El espíritu de Asís”, respirado en la ciudad natal del “pobrecillo” durante la Jornada de Oración por la Paz de 1986, ha sido inspirador a lo largo de este cuarto de siglo, y ha motivado encuentros similares, bien en los aniversarios o en coyunturas especiales en el escenario mundial.

Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI, han instado a que este espíritu de Asís siga animando perennemente el compromiso por la paz, porque ella, “de naturaleza tan frágil, exige un cuidado constante e intensivo”.

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