Desde los altares, el obispo Conforti, nos sigue señalando la dimensión misionera de la Iglesia

El fundador de los misioneros xaverianos fuecanonizado el Domingo Mundial de las Misiones

            El 23 de octubre, Día Mundial de las Misiones, el Papa Benedicto XVI ha canonizado a Guido María Conforti (1865-1931),  obispo de Parma (entre 1907 y el año de su muerte) y fundador de la congregación de San Francisco Xavier para las Misiones Extranjeras (Misioneros Javerianos). Conversamos sobre este acontecimiento con el padre Umberto Marsich, misionero javeriano, catedrático en la Universidad Pontificia de México y colaborador de este semanario.

 

¿Qué significado tiene para la Iglesia la canonización de Guido María Conforti?

Lo que destaca con respecto a su santidad, ha sido la cotidianeidad con la que buscaba siempre cumplir la voluntad de Dios, con perfección, entrega, perseverancia y enorme espíritu de fe. Nada espectacular. Para la Iglesia, desde el 23 de octubre de 2011, Guido María Conforti será un personaje que, desde el altar, seguirá señalando la dimensión ‘misionera’ que ella debe de seguir teniendo y realizando.

A él debemos la intuición del ‘Día Mundial de las Misiones’ y a él debemos agradecer la presencia de miles de misioneros en el mundo entero que, inclusive con su martirio, han sembrado el Evangelio. En efecto, sus ‘aguiluchos’, así los llamaba, desde los primeros años del siglo xx, se han esparcido en el mundo abriendo brechas y fundando comunidades cristianas. También la presencia de los xaverianos en las diócesis de antigua tradición sigue siendo signo y profecía para que el ardor misionero nunca se apague entre los creyentes.

¿Qué importancia tiene para los javerianos que su fundador sea canonizado?

Más que motivo de orgullo, es una razón para mirarlo con mayor atención y seguir sus pasos de santidad. No ha sido casual que este año 2011, para nosotros, ha sido definido como el año de la santidad. Meta que, gracias a la canonización del Conforti, se nos ha hecho menos distante y más al alcance de todos.

¿Cuál es el legado del obispo Conforti?

Se relaciona con el ímpetu misionero que cada cristiano debería rescatar en la vivencia de su fe; que cada comunidad cristiana debería proponerse con ardor; que la Iglesia toda nunca debería olvidar. El Señor se ha encarnado para la salvación de todos los hombres, sin embargo, su mensaje no ha llegado aún a todos los rincones de la tierra. La misión de Jesús ha sido predicar, anunciar y dar vida al Reino de su Padre, pero, si no hay constructores audaces y entregados, la obra quedará incumplida. Conforti, dando vida a su congregación misionera quiso como identificarse en ellos y realizar el sueño de su vida que, por razones de salud precaria, no pudo concretizar personalmente. A sus hijos misioneros heredó su sueño, su anhelo y su espiritualidad para ir por todos el mundo y dar vida al proyecto de justicia, paz y salvación de Jesús.

¿Cuáles son los rasgos característicos del espíritu misionero de Conforti?

Se puede sintetizar el espíritu misionero del Conforti en tres palabras: Ad Vitam, Ad Extra, Ad Gentes:

Él decía que siempre había sentido una fuerte inclinación a dedicarse a las misiones extranjeras, fue lo que intentó a lo largo de toda su vida. No pudo ir personalmente al extranjero y, por tanto, envió a sus miles de misioneros. Esto significa Ad Extram, o sea, fuera de su tierra.

Conforti había constituido un ideal permanente para él: la propagación de la Fe entre los que no conocen a Cristo, fuera de las Iglesias de antigua tradición cristiana. La pasión por la evangelización Ad Gentes de Guido María se revela en dos niveles: en la fundación de una familia religiosa que tiene por específico este ‘nobilísimo fin’ y en el invitar a los sacerdotes y al pueblo de Dios a colaborar en esta obra.

San Guido María Conforti entendía la entrega a la evangelización, fuera de su tierra y entre los no cristianos, como una consagración a Dios de toda la vida y no de ‘ratitos’. A sus primeros dos misioneros, que envió a China en el año 1898, hizo hacer su profesión como acto de consagración y consumación total hasta el último respiro de vida. Al Señor, quien lo ama de verdad, se consagra total y permanentemente. Ad Vitam, ‘para siempre’ y ‘sin retorno’; también, se refiere al sentido de totalidad que debe impulsar al consagrado a Dios para la misión. Así, nuestro santo Fundador quería que fueran sus misioneros: entregados a la evangelización de los no cristianos, en tierras extranjeras y para toda la vida. Y, éste, es nuestro carisma.

Hoy en día la “misión” –pensando en el concepto, en la mística-, no es la misma que en tiempos del próximo santo, ¿qué “rostro”, qué espíritu, qué desafíos, entraña la misión del siglo XXI?

Es cierto: en los tiempos del Fundador, la misión de evangelizar era pensada siempre fuera de nuestros países ya cristianizados. Hoy, en las Iglesias de antigua fundación se dan sectores inmensos descristianizados. Las 99 ovejas seguras del Evangelio, que estaban en el redil, se han extraviados y alejados y nos hemos quedado con ‘una sola’ segura dentro del redil. Esta paradoja, sin embargo, reproduce la urgencia de que volvamos a misionar ‘todos’ y en ‘todas partes’. El concepto es lindo, pero, la realidad es que nuestras Iglesias locales han dejado de misionar sea dentro que fuera. Por lo tanto, más que nunca, sentimos la urgencia de promover la misión; de buscar candidatos, que el Señor llama continuamente, para que no se descuide la ‘evangelización’ de primer anuncio. Por esta razón, se siente más necesaria la convocatoria para que siga habiendo misioneros que vayan a la ‘otra orilla’.

La misión del siglo XXI, a mi manera de ver, no se ha descontinuado. Más bien, se hace más urgente, más participada y más universalista. También, porque los medios de comunicación nos han acercado el mundo y nos permiten constatar la gran diversidad religiosa y a-religiosa que existe en él. Un mundo que ha globalizado más la ‘no creencia’, la resistencia a los mensajes religiosos, la oposición a las visiones teológicas de la historia y de la vida y que se burla de las culturas que hablan de Dios. Además, la misión de Jesús era integral. Abarcaba la lucha por la justicia y la promoción humana; obligaba a actuar como ‘buenos samaritanos’ de las víctimas del egoísmo humano y, esto, sigue reclamando acción y compromiso cristiano. Y es ‘misión’ eclesial. Es, sobre todo, este panorama que, hoy, nos induce a pensar que la presencia misionera de la Iglesia en el mundo entero es más urgente que nunca.

 

 

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