“Descubrir al Papa”, el reto superado

Cuando se celebró el Encuentro Mundial de las Familias, el año 2009, mucho se especuló sobre una posible visita del Santo Padre para la clausura de ese acontecimiento. Los fieles mexicanos tuvieron que contentarse en aquella ocasión con verlo vía satélite desde el Vaticano. Desde entonces Benedicto XVI sabía que tenía una deuda pendiente con México, el segundo país con mayor número de católicos en el mundo.

            Los momentos de encuentro en esta visita apostólica fueron pocos y no, tal vez, tan multitudinarios como nos tenía acostumbrado Juan Pablo II, sin embargo no dejaron de ser cálidos y festivos. Ante los que suponían que la acogida a Benedicto XVI sería muy distinta de la que se le ofreció a su predecesor en las cinco veces que nos visitó, la calidez de los católicos mexicanos no se hizo esperar y dejó en claro una realidad: los católicos amamos al Papa por lo que representa, más allá de la personalidad que lo encarne en cada momento histórico.

Es cierto, el Papa Ratzinger no es tan hábil para el manejo de las muchedumbres, sin embargo es un hombre que vibra con sus hermanos que le han sido encomendados por Nuestro Señor para ser confirmados en la fe. Ha sido conmovedor ver al gran teólogo tener gestos de cariño paternal ante la presencia de los niños y ancianos que lo saludaron en la Plaza de la Paz, y emocionarse ante las infinitas muestras de cariño que el pueblo le ha prodigado.

Notamos la voz cansada del sucesor de Pedro, sin embargo sus palabras, con origen en la Palabra, resonaron con fuerza. El hermano mayor en la fe ha venido a confirmar a los creyentes que peregrinamos en esta tierra de Santa María de Guadalupe. Nuestras realidades no le son ajenas ni están lejos de su corazón. Con solicitud pastoral ha exhortado para hacer un gran esfuerzo de conversión nacional: volver a nuestras raíces, esas que una vez plantaron los heroicos misioneros y prometían dar abundantes y perennes frutos de convivencia fraterna.

Este pueblo “que sabe cantar, que sabe rezar, y que más que nada, sabe gritar”, como alguna vez nos describió el recordado beato Juan Pablo II, supo también guardar silencio ante la voz de Benedicto XVI. Fue un momento, casi mágico, donde los más de seiscientos mil presentes en la Eucaristía del parque Bicentenario, “apagaron” su bocinas y se dispusieron a escuchar con atención.

El nuncio papal en México ya había lanzado el reto a los fieles católicos mexicanos: “descubrir a este Papa y su capacidad de comunicación, su capacidad de hablar profunda y sencillamente”. Fue un descubrimiento mutuo, que bien ha empezado. Habrá que sostenerlo con nuestra constancia en la atenta escucha a sus palabras.

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