El día que desaparecieron los significados

Lolita abrió el diccionario para empezar a hacer la tarea que su maestra le había encargado, y  lo que vio la dejó con la boca abierta: ante sus ojos, las palabras escritas en aquel enorme libro empezaron a desaparecer, como si alguien, con un borrador invisible, las estuviera borrando.

Se quedó quieta, sin entender lo que estaba pasando. De pronto sintió cosquillas en los dedos: estaba presionando unas diminutas letras que querían huir. Cambió de hoja y pudo ver a esas letras cuando se esfumaban. De nuevo volteó la página y alcanzó a notar un remolino de palabras, como cuando su papá revuelve las fichas del dominó, que luego ya en desorden fueron saltando desde el libro hasta el suelo para huir a toda prisa, como un ejército de hormiguitas.

Quiso seguir la estampida de vocales y consonantes, puntos, comas y demás signos para obligarlos a regresar a su lugar, pero el diccionario ya estaba temblando en sus manos. Siguió pasando las hojas y en cada pasada las letras iban desapareciendo de distintas maneras. Con verdadera desesperación cambió de hoja cada vez más aprisa, pero la fuga de las letras era más veloz.

Así llegó a la última página y pudo ver que “zutano”, la última palabra en el diccionario, pegó un brinco al cielo y se llevó con ella sus significados. Tal vez porque era el último significante de ese “tumba burros”, o porque simplemente le dio la gana, pero “zutano” y todas las grafías que le daban sentido se pusieron a giran alrededor de la cabeza de Lolita.

Pero aún le faltaba otra sorpresa: a sus espaldas escuchó un zumbido que poco a poco se fue haciendo más grande;  volteó la cabeza y  se dio cuenta que todo su cuarto estaba lleno de letras volando como pajarillos. Llegaban hasta el techo y se dejaban caer en picada, para, justo antes de llegar al suelo, volver a tomar altura. Otras se agarraban de las manos o de las patas —al menos eso parecía: que tenían manos y patas—, y hacían divertidas rondas. Las alegres letras, unas más negritas que otras, formaban palabras en el espacio y jalaban a otras no tan negras para crear significados. Luego estallaban en una diminuta carcajada y se separaban.

En esas estaban cuando un grupo de signos vio la ventana abierta. Una jorobada “eme” lanzó un chistoso silbido para llamar la atención de las demás y ¡allá van todas!, dando piruetas en el aire, uniéndose en palabras de alegría y separándose, rumbo al parque vecino.

Lolita, que seguía con la boca abierta, dejó escapar un prolongado sonido de asombro:

— Guauuuuu. –dijo emocionada.

Sus ojos ya habían recobrado el aspecto natural, pero ahora el corazón le brincaba, como caballo a galope, debido al espectáculo que acababa de presenciar. Volvió la mirada al diccionario que aún tenía entre sus manos; lo hojeó de nuevo y se dio cuenta de que en las mil setecientas páginas del libro no había quedado ni una sola letra. Las páginas estaban casi en blanco, porque las fotografías, los mapas y otras ilustraciones ahí seguían pero sin ningún letrero que las explicara.

— ¿De dónde habrán salido tantas letras? –se preguntó.

Llena de curiosidad fue al librero de la sala a buscar otro diccionario o alguna enciclopedia. Cogió el primer tomo de la enciclopedia, suspiró profundo y cerró los ojos como si quisiera borrar la imagen del otro diccionario vacío de significados. Luego, en un intento de pescar desprevenidas a las palabras del libro, lo abrió al tiempo que también abría sus ojos: en el libro  no había ni una sola letra.

—   ¡Nooooooooo! –gritó con verdadero terror.

Desesperada cogió otro  tomo de la enciclopedia, y tampoco encontró rastro alguno de palabras. Luego agarró otro y otro y otro más hasta bajar todos los diccionarios y enciclopedias que se encontraban en el estante. El resultado siempre fue el mismo: los libros estaban completamente en blanco, sólo podían verse las ilustraciones.

Se sentó en el piso alfombrado de la sala y se llevó las manos a la cabeza, pensando que la maestra no le iba a creer ni perdonar que no llevara la tarea.

Iluminada por una repentina idea, corrió al teléfono para hablarle a Lucy, su mejor amiga. Cuando escuchó que le contestaron, le soltó una sarta de preguntas a su amiga:

— ¿Hiciste la tarea? ¿Tienes diccionarios? ¿Están completitos? ¿No les faltan letras? –y otras tantas cosas que no se entendieron por la velocidad con que las decía.

Sin entender nada, Lucy trató de calmarla, pero Lolita, como si no hubiera escuchado, siguió hablando:

— No vas a creer lo que me ha pasado: se perdieron todos los significados que había en los diccionarios y enciclopedias que tenemos en la casa. –Dijo Lolita en voz baja. Y le contó lo sucedido.

— Creo que estás viendo mucho tiempo la tele, Lolita. Eso sólo pasa en las caricaturas. –dijo la amiga mientras soltaba una carcajada burlona.

— Tienes que creerme. Anda, fíjate si tus diccionarios están bien para pedirle permiso a mamá para hacer la tarea contigo.

La amiguita, sin decir nada más se dirigió a buscar un diccionario. Al cabo de unos pocos segundos se escuchó un ruido seco, como de algo que caía al suelo, y un grito:

— ¡Nooooooo! –fue el chillido que, de haberlo escuchado, la misma Llorona habría muerto de envidia.

— ¡Siiiiii! –gritó Lolita, haciendo una seña de triunfo. —No estoy loca, las palabras se están perdiendo.

Cuando la amiguita se recuperó de la sorpresa volvió al teléfono. Acordaron que le hablarían a cada uno de los compañeros de quinto año, grado en el que se encontraban, para preguntar si sus diccionarios se encontraban completos.

Al cabo de poco rato la escena se fue repitiendo como copia, una a una, en muchas casas: sonaba el teléfono, contestaba una compañero del  salón de Lolita, se daba la noticia de los significados perdidos, seguía una loca carrera a los libreros y luego se escuchaba un tremendo “noooooooo”, confirmando que también en los diccionarios y enciclopedias de esa casa las páginas estaban en blanco. Claro que no faltó el chico que se sintió feliz por este hecho. “Ya no tendré que hacer tarea buscando palabras”, habían dicho los inconscientes, que saludaron con mucho gusto la huída de los significados.

Pasó más de una hora y ya se habían revisado todos los diccionarios y enciclopedias de todas las casas y bibliotecas de la ciudad, y el resultado era siempre igual: ni rastro de palabras.

Por la noche, en los noticiarios de televisión se daba cuenta de la inesperada situación. En algunos programas invitaron a los más diversos especialistas. Un calvito de larga barba y gruesos lentes dijo que estábamos entrando en un proceso colectivo e irreversible de psitacismo y que deberíamos estar preparados para lo peor.

— ¿Qué es psitacismo, mamá? –dijo un niño mientras es especialista de la tele seguía explicando la triste y desoladora situación.

— No sé, búscalo en el diccionario. –dijo la despistada mujer, que ya estaba impaciente porque no empezaba su telenovela favorita.

Desde luego que el niño preguntón no fue al diccionario, y aunque hubiera ido nada habría encontrado.

Al final de los debates televisivos los expertos de la lengua, los altos mandos de la policía, los directores de bibliotecas, los editores de diccionarios y enciclopedias, los secretarios de educación y todos los que pudieran tener “vela en el entierro”, no dejaban de lamentarse por lo ocurrido.

Al día siguiente llegaron Lolita y sus amigos a la clase. La maestra, sentada detrás del escritorio, miraba a los niños, esperando que, como todos los días, le entregaran la tarea. Nadie se movió.

— Niños –anunció con voz solemne. — hoy no los voy a reprender por no traer la tarea. Ya sabrán la desgracia que estamos viviendo: todos los diccionarios han quedado vacíos, y no sabemos si alguna vez volveremos a tener todos los significados en su lugar.

— Maestra… –interrumpió un niño. — ¿Qué quiere decir psitacismo?

Se hizo un silencio. De pronto, sin más ni más la maestra comenzó a llorar con verdadera desolación.

— ¡No lo sé! –dijo en medio de su llanto. — ¡Ya olvidé lo que quieren decir muchas cosas! –Y continuó llorando.

Poco después se escuchó por los altavoces de la escuela la ronca voz del director de la primaria, anunciando que la desaparición de los significados no era lo peor: la situación se agravaba más porque ahora los que antes sabían qué querían decir las palabras, lo estaban olvidando. Y anunció que de seguir así las cosas sería imposible comunicarnos los unos con los otros.

— Seguiremos informando –dijo con voz engolada como hacen los locutores de los noticiarios.

A la hora del recreo, Lolita y algunos de sus compañeritos, se reunieron en los columpios de la escuela. Todos se mecían con desgano, hasta que uno llamó la atención a los demás acerca de lo curioso que resultaba el hecho de que sólo habían desaparecido las letras de los diccionarios y enciclopedias y no las de los libros de texto, que seguían tan completos como siempre.

—Y nuestros cuentos. –dijo otro.

— Y las revistas… –señaló una niña.

El niño preguntón, aquél que cuestionó a su mamá y a la maestra sobre la palabra psitacismo, comentó que de qué servirían después los libros si se iba a olvidar lo que quieren decir las palabras, tal como había dicho el director.

— ¿Qué podríamos hacer nosotros? Yo no quiero vivir sin saber lo que leo o lo que me dicen –expresó la mejor amiga de Lolita.

Siguió otro silencio. De pronto el rostro de Lolita se iluminó. Detuvo su desganado paseo en el columpio. Los demás niños vieron como se fue dibujando una sonrisa en el rostro de la niña.

— ¡Lo tengo! –estalló de alegría Lolita, con la cara radiante como si el sol le hubiera prestado su belleza. — ¡Vamos a escribir nosotros un diccionario!

Los niños no se contagiaron de inmediato del optimismo de la gordita chiquilla. Al contrario, se miraron unos a otros con cara de duda. Uno preguntó que cómo le harían pues no conocían muchas palabras, pero Lolita dijo que buscarían a los hombres más sabios del pueblo para reescribir el diccionario.

—  ¿Y qué tal si ya olvidaron? –dijo el más pesimista de todos.

— Pues tenemos que hacerlo antes de que se les olviden más cosas. –dijo resuelta Lolita.

Los niños estuvieron de acuerdo en que harían el intento. Además dijeron que, como Lolita había sido testigo de la desaparición de las palabras, ella debería ser la jefa de esta misión especial. Un niño con cara de intelectual, dijo que él pensaba que, a la par que reescribieran el diccionario, también deberían buscar en los basureros, en las alcantarillas, en los rincones de las casas y de las bibliotecas, en los salones de clases de todas las escuelas, para ver si seguían escondidas por ahí las palabras prófugas.

Lolita y los demás niños aceptaron y de inmediato trazaron las estrategias a seguir: repartieron quién iría con los profesores, quién con los sabios, quién la haría de detective siguiendo los rastros de tinta que, según un niño con fantasías de superhéroe, debieron haber dejado las letras en su huída. También establecieron las rutas por donde irían.

Se dividieron, pues, en grupos de dos o tres niños, armados con cuadernos, lápices y plumas; otros con lupas, binoculares, aparatos de intercomunicación; hubo quién corrió rápidamente a su casa para disfrazarse de soldado, ya que la ocasión lo ameritaba. Y así inició la arriesgada misión: unos se fueron montados en sus bicis, otros haciendo malabares en las patinetas, algunos tomaron el camión y otros prefirieron  caminar.

Lolita, antes de dirigirse al lugar asignado, echó un vistazo al interior de su mochila y comprobó que estuviera su diccionario, antes rebosante de significados y hoy tan vacío de ellos.

Durante las siguientes horas, con un entusiasmo inusitado por las palabras, los niños recorrieron la ciudad de arriba abajo y de un lado a otro. En el trayecto, otros niños se fueron incorporando a la búsqueda. Los adultos miraban sorprendidos aquel ejército infantil buscando por todos los lugares: en los sótanos, en las copas de los árboles, en los nidos de los pájaros, en las chimeneas, en los botes de basura, en los hornos de las estufas, debajo de las piedras, en los picos de los patos, en las azoteas, en los tinacos, en los graneros, en los sembradíos, en la estación del ferrocarril, en las iglesias, en los sombreros…

También los encargados de reescribir el diccionario hicieron su parte: buscaron con empeño a los sabios. Pronto sabremos cuál fue el resultado. Por lo pronto, es suficiente saber que los niños, cuaderno y lápiz en mano, entrevistaron a todos los que creían que podían aportar algo al diccionario.

Ya cuando el sol se hundía en el horizonte, los niños empezaron a reunirse en el parque cercano a la casa de Lolita, tal como lo habían acordado. En sus caras se dibujaba el cansancio y la derrota: algunos se acercaron arrastrando sus mochilas; muchos venían sucios y despeinados.

Uno a uno, los grupos fueron relatando sus desventuras. Dijeron que era imposible, porque casi nadie se acuerda de las palabras y sus significados. Unos apenas consiguieron un par. Quien más logró, sólo reunió 5 palabras.

—Yo me encontré con personas que dicen saber mucho pero a la hora de preguntarle las palabras que conocía, se ponían a hablar cosas sin sentido; yo no les entendí nada…–relató un niño larguirucho.

Los encargados de buscar el escondite de las palabras fugadas, contaron que recorrieron todo el pueblo y nada habían encontrado. Dijeron que, eso sí, hallaron un esqueleto de mamut, muchas figuras de obsidiana, una gallina que pone los huevos verdes, algunos animales que se creían extinguidos, un tesoro que enterraron los revolucionarios, un billete de lotería; además de que se dieron cuenta de la gran cantidad de basura que tiramos en la ciudad…

Y así, fueron cayendo en la cuenta de que la misión había sido un fracaso. El poco ánimo que tenían se fue esfumando como las palabras desaparecidas.

— Ahora recuerdo. Creo que nos faltó un lugar visitar –dijo un niño con patineta.

Los ojos de todos se posaron en el niño.

— ¿Se acuerdan que allá por la loma, detrás del supermercado, hay un pequeño convento? Ahí vive un pobre fraile viejito. Dicen que él es un hombre muy sabio.

—Y muy aburrido –intervino otro–. Yo he escuchado que no tiene luz en su casa. ¡Ni siquiera tiene televisión!

— Pero, ¿que nos podría enseñar él? Ya es muy viejo, de seguro que perdió la memoria desde hace mucho tiempo – señaló una niña.

— Pues yo digo que deberíamos ir a buscarlo. Nada perdemos –remató el niño de la patineta.

Más tardaron en decirlo que en poner los pies en el camino. Al grito de “¡vamos!”, a toda prisa, se montaron en sus bicicletas, impulsaron sus patinetas o simplemente emprendieron la carrera, para dirigirse al convento del viejo fraile.

Al cabo de unos quince minutos de loca travesía, llegaron al lugar. Las altas bardas de la portada del convento no intimidaron a los niños. Decididamente tocaron el portón. Unos segundos después se escuchó, del otro lado de la puerta, unos pasos que se acercaban.

Un terrorífico rechinido acompaño la apertura de la puerta. Entonces vieron al anciano fraile, que los recibió con una sonrisa de oreja a oreja y  que dejaba ver que ya le faltaban varios dientes. Era un hombre bajito y calvo que usaba unos gruesos lentes y  vestía un hábito raído. Sin dejar de sonreír bondadosamente preguntó que qué se les ofrecía.

Todos a la vez le expresaran los motivos de su búsqueda: que si no ha visto a una palabras perdidas, que si qué significa psitacismo, que si a él no se le habían borrado los diccionarios, que si ya se había dado cuenta de la fuga de los significados, y otras muchas más que no alcancé a anotar de tan aprisa que las decían.

El fraile, a pesar de la boruca que producían los niños, no perdió la calma; sólo soltó una carcajada de complacencia, alzó las manos para que guardaran orden y los hizo pasar al convento. Los niños lo siguieron. Caminaron detrás de él por unos larguísimos pasillos; había capillas pequeñas a los lados, enormes pinturas colgadas en los muros, puertas cerradas en lo que debieron haber sido las habitaciones, hasta que llegaron al lugar de destino: un hermoso y gran patio, enmarcado por una buena cantidad de árboles robustos.

Los niños estaban maravillados de que a pesar de que ya era tarde y de que el ruinoso convento no contaba con energía eléctrica, el patio despedía una hermosa luz. Pero hubo algo que los sorprendió aún más: en las ramas de los árboles ¡había una gran cantidad de letras, colgando como si fueran frutas!

En cuanto las grafías y demás signos sintieron la presencia de los niños, hicieron el intento de salir volando, pero el anciano fraile levantó las manos en un ademán tranquilizador. Sorprendentemente las letras se mantuvieron en su lugar, aunque los niños pudieron notar que los cuerpecitos de las letras temblaban levemente.

A donde quiera que llevaran la mirada, los niños veían racimos gigantes de letras; y no podían cerrar la boca, como Lolita el día que presenció la fuga de los significados.

— ¿Cómo es que llegaron todas estas letras aquí? –atinó a decir Lolita.

El viejo fraile sonrió, y dejó ver sus pocos dientes.

— Ellas y yo somos amigas desde hace mucho tiempo. Nos conocemos bastante bien. Me contaron que en el pueblo ya no se sentían apreciadas; casi nadie las buscaba ni  usaba; por eso decidieron dejar los diccionarios y venir a vivir aquí conmigo. Primero quisieron meterse en los libros que tengo. De hecho, muchas de ellas, ordenadamente, se pegaron en algunas páginas sin escribir de esos libros; pero como eran tantas, no encontramos más lugar para alojarlas que los árboles.

—Ahora véanlas: han dejado de temblar –señaló en fraile– ya notaron que ustedes sí se interesan por ellas. Desde que empezaron a buscarlas por todos los rincones del pueblo, ellas se sintieron mejor. Creo que ya es tiempo de que regresen a sus libros.

— ¿Cómo le vamos a hacer para llevárnoslas? ¿Cómo vamos ordenar todo este palabrerío? ¿Cómo las volveremos a meter en los diccionarios? –preguntó el niño preguntón.

— Muy sencillo. A ver, tú –señaló el fraile a un tímido niño–. Di una palabra:

— Avión – gritó el aludido.

Y de repente se desprendieron de un racimo de letras una “a”, una “v”, una “i”, una “o”, un acento y una “n”, todas negritas, y se agarraron de la mano y revolotearon encima de las cabezas de los niños. Inmediatamente una considerable cantidad de letras se precipitó hacia donde se había juntado la palabra “avión”, y construyeron el significado. Un niño intentó copiar en su cuaderno la definición que se había integrado, pero el conjunto de palabras empezó a dar vuelta  encima de Lolita.

La niña sintió un temblor en su mochila y la abrió rápidamente. ¡Era el diccionario! En cuanto percibió los significados el libro se estremeció y abrió sus hojas de par en par para recibirlos. Y los significantes y significados, ni tardos ni perezosos, se lanzaron en picada a las blancas páginas del libro.

— Digan más palabras –motivó a los niños el viejo fraile– Ellos de inmediato empezaron a gritar: “agalla”, “chistera”, “barrena”, “encaramar”, “inmueble”, “turbina”… y miles y miles de palabras más…

Lolita corría  de aquí para allá, con el diccionario abierto, pescando significados. El fraile, divertido, como buen conocedor, gritaba más palabras que los niños ni siquiera imaginaban que existieran. Así el diccionario se fue llenando, poco a poco, de su antiguo contenido. Muchas palabras que reconocieron al diccionario, la casa donde habían vivido por mucho tiempo, sin que nadie las invocaran, voluntariamente volaron hacía el libro.  Se veía que las palabras se divertían regresando al diccionario.

Si los niños hubieran estado en sus casas, justo en este momento se habrían dado cuenta de que todos los diccionarios y las enciclopedias empezaron a estremecerse y a abrir sus blancas páginas. Lo que sí notaron fue que los grandes racimos de letras colgados en las ramas de los árboles del patio, empezaron a desprenderse y a formar muchas palabras en el aire. Luego, agarradas de la mano, o del pie, de la joroba o del copete, salieron volando con dirección al pueblo. Los niños salieron corriendo a la puerta del convento y vieron cómo las palabras se iban distribuyendo en grupos más o menos grandes, para meterse por las ventanas o las puertas o las chimeneas de las casas.

La alegría que vivían las letras, la contagiaban a los niños, que no dejaban de gritar y brincar.

— Los significados han vuelto a sus diccionarios –dijo el anciano fraile.

— ¿Cómo es que usted no olvidó lo que quieren decir las palabras?

El anciano fraile sonrió y explicó:

—Como yo no tengo televisión, dedico el tiempo a leer. Doy mi corazón a las palabras y ellas vienen con gusto a él. Además escribo, hago, por ejemplo, una “A” y la adorno con flores, entonces veo que la letra se siente a gusto y escribo frases enteras, ellas son felices porque las recibo, las cuido y las alimento.

— ¿Qué tenemos que hacer para que nunca más se vuelvan a perder los significados? –preguntaron los niños.

—Ustedes no les prestan la suficiente atención. Por ver la televisión se olvidan de leer y escriben poco; y cuando las necesitan las maltratan, no las escriben como se debe, sino que las mutilan, se comen algunas, no les ponen sus adornos, es decir su tilde, su moñito a la “ñ”, o las confunden; las utilizan sin saber quiénes son… Deben prometer que, de ahora en adelante, consultarán más los diccionarios, y, sobre todo usarán más palabras en sus tareas para que no se empolven y hagan anticuadas.

Los niños, brincando de nuevo y hablando todos a la vez, dijeron que sí, que ahora serían más cuidadosos con las palabras. Y con esa confianza, el anciano fraile, abrió sus brazos y les señaló el camino al pueblo, invitándolos a que regresaran a sus casas a reconciliarse con los significados.

Cuando los niños ya se retiraban, el niño preguntón regresó corriendo con el anciano y sabio fraile.

— ¿Qué quiere decir psitacismo? –dijo.

El fraile soltó una fuerte carcajada. Él había sido el especialista que participó en el debate por televisión, el que dijo eso de que estábamos en un proceso irreversible de psitacismo. Se acercó a la oreja del niño y en voz baja le dijo algo. El niño preguntón dibujó una sonrisa en su rostro y salió corriendo. Lolita, acompañada de sus amigos, abrazaba cariñosamente su diccionario e iba a la cabeza del grupo. Dentro del libro las palabras seguían la fiesta.

Un pensamiento en “El día que desaparecieron los significados

  1. Buen día mi apreciable y estimado: Gilberto Hernández García.

    Te felicito por este texto narrativo, indudablemente está a la orden del día, pocas personas se interesan por cultivarse a través de la lectura y otras pocas se dedican a escribir… Hemos mutilado a las palabras como dice el texto, así mismo el significado de cada una de ellas con el doble sentido en que las empleamos al hablar.

    Me despido deseandote un excelente día. saludos y abrazos.
    Sinceramente: Tu amigo y hermano José Juan Cuellar G.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s